Rafael, sabes: ¿Cuánto tiempo es necesario o suficiente para informar una labor? Para el orador que sabe de lo que habla y no busca ambigüedades, sabrá aprovechar un minuto. En tal caso, 20 minutos sería más que suficiente plazo en la mayoría de los casos.
Cuando al orador Woodrow Wilson le preguntaron ¿cuánto tiempo necesita para preparar un discurso de 10 minutos; dijo: Dos semanas. ¿Y si fuera de una hora? Contestó: Una semana. Finalmente le dijeron, ¿y para uno de dos horas? “Mr. Wilson contestó inmediatamente: “Para eso estoy listo ahora.”
Fidel Castro habló una vez 7 horas y 20 minutos. Incluyo su niñez; el aborto; temas bíblicos… Hasta su hermano se cansó.
Fidel es el eje de la dictadura cubana. Su hermano y amigos gobiernan sin más legitimidad que la propaganda, la fuerza, la burocracia y los comités de “defensa” (de amenazas y garrotes).
La vieja revolución es la efigie de la embaucadora falsa izquierda latinoamericana y la obsesión de no pocos intelectuales. La tarea de los socialistas, comunistas y más aficionados se reduce a promover las ideas de la anciana pareja de gobernantes de la isla, a preservar sus imágenes, y últimamente, a disfrazar la doctrina totalitaria con el antifaz del “socialismo del siglo XXI.”
Hoy las “revoluciones” (Roboluciones) se hacen desde la “democracia plebiscitaria”. Su secreto está en que “pregunta el que sabe y responde el que no sabe” pero que es engañado por la publicidad y abalorios repartidos.
La tendencia a perpetuarse en el poder encontró el disfraz de legitimidad en la vertiente electoral: plebiscitos, no acatados; sucesivas elecciones; amenazas… Las eternas campañas, el interminable discurso redentor. Claro que requieren el total aval mediático: el micrófono y la pantalla, por eso ya se han cogido más de la mitad; trabajando con grandes pérdidas que solventamos los mandantes.
El telón de fondo es la propaganda científicamente estructurada. La repetición, el acoso a los ciudadanos. Todos esos son medios para quedarse, para construir dinastías, generar la necesaria red de controles, el indispensable ambiente de miedos y acomodos. Estos sistemas necesitan tiempo y herederos. A algunos ensayos actuales de “revoluciones plebiscitarias”, les faltan todavía los delfines. En otros, la sucesión está asegurada incluso por vía matrimonial, como el caso de la parejita argentina.
¿Cómo puede hablarse de “democracia popular”, si el pueblo no tiene voz ni voto, y si no hay vestigio alguno de alternabilidad? Cuatro años de período de un Asambleísta es una atrocidad; no es fácil aplicarle la sanción de las urnas. El Presidente, nacido de una Constitución amañada, debió haber sido electo por el saldo del período.
Muchas “revoluciones” centro y sudamericanas, han terminado transformadas en saqueos fiscales. En paternalismos que se han vinculado con las taras más viejas de nuestra historia: el caudillismo.
Se manejan con las armas, con mercenarios importados solapadamente para la represión. Y el resto condimentado con los encantos del discurso burlón que transfiere las graves ineficiencias a los tontos útiles y usufructúan del gasto público inútil entregado a dedo.
Luis M. Pessetti, dijo: “Una de las formas de medir el liderazgo de una persona no es su poder para imponer sus decisiones sino cuánto contrapeso tolera, dicho de otra manera: cuánto sabe convivir con otros diferentes, negociando límites.
Por eso me gustó mucho una palabra que dijo uno de los presidentes en una cumbre del Mercosur.
Fue la palabra que me sonó más real y creíble de tantas que escuché. Más que otros discursos muy largos (tan largos que uno piensa: “Éste habla tanto que no debe quedarle tiempo para oír a otros”).”
