Verdad. Cuando en una república democrática (como dice ser el Ecuador) una comisión ad hoc conmociona a su sociedad con sus supuestos hallazgos, significa que ese país no cuenta con instituciones judiciales lo suficientemente estables que hagan bien su trabajo. La inoperancia de los medios de justicia son el fundamento de estas comisiones o veedurías.

Mentira. La comisión de la verdad que encabeza Elsie Monge Yoder no tiene atribuciones judiciales para perseguir a posibles responsables de los hechos que esa comisión considera delictivos o culposos. Los miembros de esa comisión no son jueces. No son fiscales. Sólo reportan lo que dicen que otros han visto, oído o dicho, reproduciendo, a veces, documentos que luego se verificarán en juicio. Inclusive - y bien hace diario El Universo en su editorial del jueves 24 de junio del presente año - la comisión de la verdad ha tomado insumos de las notas periodísticas de los medios de comunicación que hoy tenidos como perversos o corruptos por el mismo Gobierno Nacional que dio vida a la junta de la verdad.

Verdad. El escándalo generado por el informe de la verdad ha servido como distracción para la opinión pública. Necesitado de contrincantes - porque las revoluciones sin villanos, no son revoluciones - qué mejor revivir a un ex alcalde de la ciudad de Guayaquil y generar olas de opinión publicada (sobretodo en los canales que para pasar los partidos del mundial de fútbol necesitan dinerario público) que despiste de los grandes temas nacionales. Somos todavía un circo de tres pistas. Una de esas pistas circenses es la Asamblea Nacional. El cuadrilátero son los pasillos del Consejo de la Judicatura.

Mentira. Alfaro Vive Carajo no era un grupo de izquierda revolucionaria empeñado en liberarnos de las garras de algún imperio opresor extranjero. Fue una partida de antisociales que clandestinamente arrebataban cosas o personas para hacer fortuna al margen de la ley y armarse en beneficio de su lucha violenta. Para ellos el fin justifica los medios; tal como lo hacen los grupos oligárquicos a los que decían combatir. ¿Qué los diferencia entonces? Unos matan con su adinerada indiferencia; los otros mataban a sangre y bala.

Verdad. Imaginen al Estado ecuatoriano, representado por el Gobierno Nacional del periodo 1984 – 1988, tendiendo puentes de diálogo, creando comisiones de negociación con los subversivos, u otorgándoles presencia política con curules en el extinto nominalmente Congreso Nacional (porque la Asamblea de hoy es una repetición de las viejas mañas). Lo más probable es que el Estado formal hubiese compartido su legítimo imperio legal con un Estado insurrecto, cuya autoridad se hubiese basado en el terror, así como lo sufre Colombia, o como está por - ojalá - abandonar España con el lento aplastamiento que hace a ETA.

¿Verdad o mentira? ¿Será que algún fiscal sin mucha tarea por despachar va a leer, analizar y darse el afanoso trabajo de esquematizar penalmente los hechos vertidos en el informe de la verdad?