Lo he expresado en reiteradas oportunidades, hay que tener en claro la diferencia entre liderar y mandar.

Gran parte de los problemas que estamos viviendo son porque nuestro mandatario no sabe el antagonismo que existe entre las dos condiciones. Para Maquiavelo, el mejor líder inspira temor en sus seguidores; no obstante, sociólogos modernos no se ponen de acuerdo porque tampoco distinguen entre tener temor a un daño y el, válido por cierto, fundado en el respeto a la persona con mayor conocimiento y cualidades.

El ordenar valiéndose de ejercer temor no funciona. Los Medici, grandes príncipes en su época, inspiraban terror; empero, vestían diariamente una armadura debajo de su ropaje y vivían aterrados por cuanto estaban al corriente de que el envenenamiento era rutinario en las Cortes. En una disciplina militar es común que le indiquen que se debe tener en cuenta que en una guerra mueren más por la espalda que el frente.

Los grandes líderes saben tratar a los demás correctamente y pueden hacer que las otras personas se identifiquen con el proceso para llegar a una meta trabajando en equipo. El líder Martin Luther King, mantenía: “La medida suprema de un hombre no es dónde se encuentra en momentos de comodidad y conveniencia sino dónde se encuentra en momentos de reto y polémica”.

La ciudadanía no respeta a un intemperante. Cuando oye insultos y burlas dirigidos a quien sea, incluso amigos y correligionarios, claramente entienden que están en la lista; sólo deben esperar el turno.

La deslealtad y traición a los que lo eligieron y que son quienes están por encima de él no podrá mantenerse mucho tiempo, debe rectificar. La deslealtad le señala a uno como alguien que está en el nivel del polvo que pisamos y atrae el desprecio que se merece. La falta de lealtad es una de las principales causas de fracaso en todos los terrenos de la vida.

El verdadero líder enseña y se hace acompañar por su aptitud y no mediante el atemorizar a su gente. El líder que trata de impresionar con su ‘autoridad’ pasa a tener que requerir de la fuerza y el terror para que lo sigan. ¿Cuánto puede durar eso? Si un líder lo es de verdad, no necesita proclamarlo. Su conducta causará empatía al demostrar comprensión y sentido de la justicia, además, afirma así que conoce su trabajo.

Un líder no necesita ‘títulos’. El que insiste demasiado en su título, no tiene en qué más apoyarse. La puerta de la oficina y la mentalidad de un verdadero líder permanecen abiertas para todos; libre de formalidad y de ostentación.

Lo sucedido en La Cocha es un mal precedente. Es una cachetada. Se perdió el respeto. Y lo más grave es que esta situación fue engendrada por los demagogos que no se contentaron con darles la justa igualdad, sino instigarles al odio y separación: a la revancha. Agréguele al fuego las inflamables “burlas” y desplantes a los que se ha acostumbrado el mandatario; alentado por unos borreguitos sin columna vertebral.

El mal ejemplo de acomodar la Ley también cobró su costo: El crimen se produjo en la parroquia Zumbahua. Murió luego de una pelea con Quishpe y cuatro amigos, quienes lo habrían dejado colgado en un poste con su propio cinturón. Los dirigentes de La Cocha dijeron que Quishpe, oriundo de Guantopolo y residente en Quito, fue quien lo colgó.

¿Por qué no se lo juzgó en el lugar del acontecimiento y se lo llevó a La Cocha? Porque en La Cocha según Jaime Olivo, hermano de la víctima y uno de los primeros doctores en derecho de Zumbahua, sí se puede con libre interpretación sin violar la ley, imponer el castigo comunal, que para mantenerse “dentro de ella” no cumplió su primer dictamen de imponer la pena de muerte. Debía ser La Cocha para que ejecuten el castigo, dado que tienen más confianza en el juzgamiento ancestral que en la justicia ordinaria.

El historiador romano Tácito escribió: “El deseo de seguridad se levanta contra cualquier empresa grande y noble”. El agravio tiene el efecto de neutralizar al horror; saltando a la palestra lo indicado por el teólogo británico John Henry Newman, quien dijo: “No le temas a que tu vida tenga un final, sino a que nunca tenga un principio”.

Triste principio: ¿Qué vendrá después?