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No basta que la mujer del César sea honesta; también tiene que parecerlo. Si entendemos a la Iglesia como la esposa de Jesucristo, bien aplica el adagio de que la Iglesia debe ser y parecer honesta. Al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios. ¿Parece honesto el proceder de la Iglesia en los escandalosos casos de pederastia que hoy salpican al mismísimo Papa?

La pederastia es un desorden humano en su conducta sexual cuyo objeto consiste en aprovechar la indefensión del menor de edad, en satisfacción de la lascivia particular, como manifestación en el atacante de algún trauma arraigado en su niñez. ¿Hay maneras de prever estos desórdenes de conducta? Con la estructura que la Iglesia Católica mantiene, es previsible, y hoy más que nunca, debe transformarse en un imperativo de formación sacerdotal.

Negar que el Credo y la Iglesia católicos asisten desde el siglo pasado a una crisis de identidad, es imposible. La necia regresión de las formas casi medievales de entender la Teología (aupada por una ola de presbíteros ultra conservadores que hoy se cuelan por el Vaticano) es el germen de este triste trance. Definir si las penosas angustias y vergüenzas que hoy pasa la Iglesia (sacerdotes y fieles) son para su bien o para nuestro mal, resulta tarea propia de adivinos. Lo que sí es posible afirmar con severidad es que hoy esas angustias son cada vez más obscenas y viciosas; resintiendo a los fieles a nivel mundial, el silencio institucional o la permisividad con que los órganos eclesiales han enfrentado el problema.

La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, dicasterio romano, a ejecutado con prontitud sus competencias en casos de ciertos clérigos que apartándose del Canon cristiano, se permitieron ver con libertad intelectual y religiosa a Cristo como un ser humano que enseña a los hombres cómo ser persona en la Tierra. Ese mismo santo oficio moderno (en épocas cuando el Papa de hoy era cardenal) ha sido severo con determinada orden religiosa y su efusivo y riguroso método de preparación para con sus novicios, como si la acerada formación intelectual de aquellos soldados de Cristo fuese motivo único de los desafueros que han atentado contra el canon católico. Hoy esos mismos ultra conservadores se escudan en la magnífica habilidad de un soldado de Cristo, que contestando preguntas con otra pregunta, elude, no miente, pero rehúye y guía hábilmente las entrevistas. Su voto de obediencia papal lo acuesta a servir: ¿Cuánto tiempo durará Lombardi en ese puesto?

Si se quiere parecer honesto, que el dicasterio abra sus archivos de inspección eclesial a la justicia civil y entregue a los culpables. Las remociones no son castigos; sólo trasladan el problema otro lugar. Entregando culpables a la justicia ordinaria hacen terrenal a la Iglesia (calidad temporal que también lo es, a más de divina, eso es parte del misterio salvífico de la Iglesia) y le permitiría ejercer derecho a la defensa de aquellos paidófilos, o ser tratados como lo que son, enfermos mentales.

La contemplación por sí sola no arregla los problemas temporales en los que se enfrasca la Iglesia y su dirigencia. Eso lo saben por formación los de sotana. Hay que actuar. Están obligados a actuar. Contemplación pero en la acción. ¿Cómo hubiesen enfrentado este tema si el báculo pastoral de San Pedro hubiese caído en manos de Martini o Bergoglio?