(c) por jpMenezes - Flickr

“Tu eres piedra y sobre esta piedra construiré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”, le djo Nuestro Señor a San Pedro cuando le proclamo cabeza de la santa Iglesia Católica.

Los sacerdotes se consagran a Dios y al servicio de sus fieles. Tienen una vida entregada al cumplimiento de su misión. Hacen sus votos de pobreza, castidad y obediencia.

Desde que existe el mundo el ser humano y el demonio conviven en la tierra. Desde tiempos inmemoriales, el bien y el mal luchan por ganar su propio terreno; existe el pecado y existe la virtud. Los sacerdotes son seres humanos y no están exentos de las tentaciones del demonio.

Si nos remontamos a épocas anteriores, medioevo, renacimiento, la Iglesia dio muchos mártires y santos y también hubieron quienes se dejaron tentar por la trilogía del mal: poder, dinero y carne.

En la actualidad, vemos que el juego del bien y el mal sigue. Tal vez, ya no tenemos los grandes mártires pero si tenemos hombres y mujeres luchando por la fe a riesgo de su vida. De igual manera, tenemos pocos sacerdotes que han sucumbido al pecado.

Las fuerzas del mal, sin reconocer las virtudes de la mayoría, pretenden destruir a la iglesia exagerando el número de los que han caído.

Quizá la Iglesia debió actuar de manera diferente, permitiendo que la justicia actúe e su momento. Sabemos que al interior de la iglesia se manejaron estos problemas, pero no de la manera adecuada; el sigilo y el silencio permitieron que el problema siga. Y aquello jerarcas de la Santa Iglesia, se ven ahora acusados de complicidad, lo cual es una infamia.

Mi respeto filial y admiración al actual sucesor de San Pedro, Benedicto XVI, que ha cumplido silenciosa y metódicamente contra este grave mal. Sin embargo, es acusado de complicidad en un afán de desestabilizar a la iglesia.

En todas las profesiones hay algunos representantes que han traicionado los juramentos propios de su actividad. Pero nadie dice: “que desaparezcan los médicos, o los abogados o los psiquiatras. Simplemente se les identifica como indignos representantes de su profesión.

Pero…

Como dije al principio, “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.