(CC) por Andrea Guerra - Flickr

Las acciones desesperadas por lo general terminan atrapando en un callejón sin salida. ¿A quién se le ocurrió esta idea de llevar al ídolo del astillero, a construir naves y sueños que naveguen en la laguna de La Alameda, o a orillas del Machángara? O es un idiota completo, o simplemente está dando manotazos de ahogado.

Si llegan a ganar el campeonato con esa estrategia, es mejor que empiecen a construir un nuevo estadio en Quito y comience también a escribir su nueva historia, dando la espalda a sus antiguos años de gloria. No se puede competir desarraigando a un equipo e imbuyéndole a sumergirse en el pretexto de la altura, que no es un factor insalvable si se mantiene a un equipo lleno de mística, preparación atlética y estrategias de juego distintas para el llano o a tres mil metros del nivel del mar, donde la pelota corre más que los jugadores.

Cualquier aficionado sabe que un campeonato se lo logra en primer lugar sin perder puntos en casa, y no renunciando a las ventajas de entrenar y jugar en casa. Luego tiene que pellizcar los puntos de visitante dejando que los distintos equipos de la Sierra, se atropellen entre ellos. Emelec prácticamente quedó campeón el año pasado, hasta que resignó en casa tres puntos claves en el primer partido de una liguilla. Fue el equipo que más puntos acumulados tuvo, y con un equipo mediocre que les hizo sufrir durante casi todos sus partidos. Barcelona no solo que jugó mal, sino que estaba estructurado internamente sobre conflictos invisibles y más profundos que no se van a solucionar por el simple hecho de ir a entrenar a la altura.

Y fruto de esos conflictos no solucionados sino que empeorados es que mediante un mecanismo o tercerización muy mal disfrazado, su directiva ha quedado reducida a la calidad de testaferro. Esa es la cruda verdad, donde se encuentra el meollo del misterio que ha impedido al Ídolo, estructurar alineaciones llenas de carácter, confianza, capacidad y encanto.

La primera estrategia, propia de dirigentes valientes, era la exigir que los partidos en la altura se jueguen a las cuatro de la tarde, tal como la FIFA lo exige en competiciones internacionales. Si eso no aceptan los equipos de AFNA, simplemente se compite en Guayaquil con un equipo titular, y se manda de visitantes a un equipo juvenil, quizás hasta radicado en Quito, de tal manera que se les caiga la taquilla a quienes usufructúan de la expectativa que causa la visita de Barcelona a cualquier cancha del país. Así de sencillo. De bravo a bravo. De astuto a astuto.

Pero simplemente ya ningún guayaquileño manda en el equipo. La marca Barcelona está pignorada por acumulación de deudas. Recuperar el dinero de la manera más rápida posible es lo que ha motivado a asumir esta estrategia de radicar al equipo en Quito, para lo cual también el sponsor dueño de un medio de televisión que está en venta forzosa por las reformas legales, firma contratos de largo plazo con el ídolo del ex astillero, y con otros equipos de tal manera que al vender el canal su precio de venta sube. Muy hábil la estrategia.

Soy de los que piensan que Barcelona debió tomar un receso bajando a la serie B, y de ahí emerger una vez que salde sus cuentas de farras pasadas y disfrazadas por torpes contratos y líos laborales o pasivos ocultos cuya cuantía no está clara para nadie. Es por esa razón que el Barcelona está hipotecado, su nombre de marca pignorada, y sus dirigentes no tienen la capacidad de opinar ni patalear al menos, ante la estúpida idea aplaudida por la inocente hinchada ávida de triunfos y años de frustraciones.