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Cuando un hombre es un señor, y es un caballero serio, noble y responsable, jamás juega con el destino de una mujer y con el futuro de los hijos que trae a la vida. Su propia valía y el amor sincero hacia ella y el respeto hacia ellos, le lleva a buscar el matrimonio, o sea el único modo de comprometerse para siempre, a fin de darles seguridad y consagrarse de por vida a la búsqueda de la felicidad de ellos, renunciando a toda posibilidad de aventura mundana.

Pero cuando un hombre huye del matrimonio, no quiere dar garantías, quiere seguir teniendo una mujer para él, dándole largas al compromiso para siempre, ese tal, es un individuo de mucho cuidado; porque es un egoísta, un caprichoso, un inmaduro y un machista. Ese hombre es incapaz de darse y de entregarse porque es incapaz de amar como aman los hombres de verdad.

Un hombre digno, un varón de verdad, respetable y respetuoso, comprende que él no puede hacer con su mujer, lo que no le gustaría que el novio de su hija hiciera a su hija; a quien le diría: “Caballero, mi hija no es ‘descartable’, mi hija no es como una servilleta de papel, que se usa y se abandona. Caballero, Ud., además, debe respetar mi hogar. Somos una familia con principios y valores; Ud. no encontró a mi hija en la calle. Ella forma parte de un hogar, y tiene unos padres con valores y principios, que en modo alguno están dispuestos a lo que Ud. pretende: convivir con una mujer sin ningún compromiso serio, sin estar bien casado con ella. Además, caballero, si Ud. no es capaz de comprometerse hoy ante el Altar con nuestra hija, en lo futuro, luego de haberla ‘usado’ a su gusto y llenado de hijos, nos la deja, y se va con otra. Señor, aclárese. O Ud. se casa con nuestra hija como Dios manda, o ya sabe dónde está la puerta de salida de nuestra casa…”.

Si esto es verdad con la hija de ese hombre, si él fuera padre, entonces, ¿por qué motivo noble puede ese hombre no querer unirse para siempre con la mujer con la que hoy vive y tiene hijos, por qué no desea recibir la Bendición del Sacramento?

Cuando una mujer se respeta a sí misma, tiene un mínimo de autoestima y ama de verdad a los hijos que piensa traer al mundo, exige al hombre con el que vive un compromiso de verdad y para siempre. Si ella lo da todo y no exige nada; si ella no pone condiciones y se entrega sin pedir nada a cambio, demuestra que carece del más elemental sentido de su propia dignidad; si es capaz de traer al mundo hijos sin poner todo de su parte para garantizar a sus niños un hogar, esa mujer carece del elemental respeto que sus hijos se merecen.

Traer hijos al mundo sin pensar en un futuro estable para ellos es, muchas veces lo propio de la mujer superficial y, lo que es peor, de una mujer increíblemente egoísmo. Ella piensa para sus adentros: “¡Qué me importa la seguridad de mis hijos; con tal de tener un hombre junto a mí, basta!” Esa mujer no merece ser madre; no está preparada para ello.

Una madre no diría a su hija “Hija, entrégate a cualquier hombre, ten hijos con él y no pidas ningún compromiso para siempre contigo”; sin embargo, hay madres que, ellas mismas, conviven con un hombre, así, sin el Sacramento.

Cuando Dios Padre establece que si un hijo y una hija Suyos quieren vivir formando un hogar y trayendo hijos al mundo, se casen bien casados, con el Sacramento del Matrimonio, en el fondo es por que a Él, como buen Padre, no le gusta que sus hijos jueguen entre sí, ni que jueguen con los nuevos hijos suyo que ellos traerán al mundo.

Es expresión de irrespeto a Dios y de una penosa ingratitud hacia Él, formar un hogar sin tomar en cuenta la Bendición del Señor. La única bendición para los casados es el Sacramento del Matrimonio

La Bendición de Dios es tan importante, que el Señor ha instituido todo un Sacramento para dar esa Bendición: el Sacramento del Matrimonio. Vivir unidos como esposo y esposa sin la bendición de Dios es un grave pecado, que, incluso, impide a la pareja recibir la Sagrada Comunión y también la Confesión; porque, lógicamente, una persona no puede confesarse sin la decisión de dejar de pecar (y los que viven sin estar casados, seguirían viviendo en pecado).

En el Sacramento del Matrimonio un hombre y una mujer llevan a cabo ante Dios un pacto de amor por el cual se comprometen públicamente y ante todos los invitados como testigos, a amarse con un amor fiel e imperecedero, a engendrar los hijos que Dios quiera y educarlos en el ambiente del hogar. Los que se casan se dicen: “Nos amamos con un amor tan puro y sincero, que no dudamos un instante en venir ante el Altar del mismo Dios y ante todos nuestros amigos y ante nuestros padres, hermanos y parientes más íntimos, para jurarnos este amor para siempre y en total fidelidad del uno para el otro”