A Jorge Ortiz no me vincula más que el afecto que debe existir entre compañeros de labores y la convicción de trabajar en una empresa donde jamás nos han insinuado siquiera decir o dejar de decir algo. Pero eso no es lo que me motiva a escribir estas líneas. Lo que me motiva a hacerlo es la imperiosa necesidad que tengo de protestar, desde mi trinchera, por lo que considero una injusticia: que a él se lo llame periodista descalificado, tal como lo hizo el Ministro Coordinador de la Política en una rueda de prensa el pasado viernes. Creo, con el mayor de los respetos, que el señor Ministro está equivocado.

A Jorge yo lo calificaría como un periodista revolucionario. Revolucionario porque va contra la corriente. Porque se resiste al establecimiento. Porque, sin pensar en las consecuencias personales que su actitud conllevare, no sólo que es decidido al exponer su posición sino también frontal mientras gran porcentaje de sus colegas ya están alineados o están esperando alinearse para cobrar más. Revolucionario porque defiende hasta con dureza su punto de vista mientras otros no sólo que se hacen los ciegos sino que prefieren callar por temor a quedarse sin rating o sin trabajo. Revolucionario porque nos demuestra que es un periodista convencido. Que, a diferencia de otros –y aquí no sólo me refiero a los del gremio- no está dispuesto a renunciar a su derecho a la libertad de expresión so pena de entregar su propia vida mientras otros cambiaron, para hacer de su vida más cómoda, de color, de ideología, de discurso, de titulares y hasta de amigos.

Muchos dirán que Jorge, al insistir en su posición, raya en la inobjetividad. Pues yo creo que sencillamente es, como buen revolucionario, radical. Y muchos pensarán que este hecho, tener un verdadero periodista revolucionario, debe preocuparle al gremio. Pues yo creo que esto más bien debe tranquilizarnos. Porque alguien dice lo que otros no pueden o no quieren decir. Porque alguien sí se arriesga. Porque alguien sí se atreve. Porque alguien sí se sacrifica. ¿Que debe preocuparle al país? Tampoco. Porque una persona al decir lo que siente y cree nunca le hace daño a nadie ¿o los valores cambiaron… y sí?. Una persona así, independientemente de sus formas, en el fondo enriquece, diversifica el diálogo, la discusión. Alimenta incluso la necesaria efervescencia en el tratamiento de los temas para que éstos se muevan.

Que hayan periodistas no revolucionarios. ¡Que hayan! Así es la democracia. Pero cuando Jorge Ortiz deje de ser un periodista revolucionario ahí sí debemos preocuparnos. No sólo porque ya no habrá la otra parte tan necesaria para comparar y analizar (dígame usted si hay otro entrevistador independiente en señal abierta o cerrada). Sino porque querrá decir que nos vencieron. Que finalmente todo el mundo se sometió. Que Jorge Ortiz pasó a convertirse, ahí sí, en periodista descalificado.