Los sistemas normativos que rigen o que deberían regir nuestra sociedad, deben encontrarse fundamentados en principios intrínsecamente correctos o buenos, que se desprendan de alguna teoría ética, y que no dependan de actos externos, como la promulgación de alguna autoridad empírica o supraempírica.
Ni siquiera el mandato divino tiene una justificación independiente de su contenido: las cosas no son buenas porque dios así lo dice, dios lo dice porque son buenas.
Los seres humanos, por el mero hecho de ser tales, son fines en sí mismos, y por ello poseen derechos morales, esto quiere decir que se tienen independientemente de su consagración en algún ordenamiento normativo positivo: los derechos morales existen aun cuando algún el Estado o comunidad no los reconozca como derechos jurídicos. Para tratar a una persona como un fin, no basta con la omisión de tratarlo como un medio, el imperativo va en serio: se debe, mediante actos (obligaciones que se generan de derechos positivos), tratarlos como fines; de allí lo ridículo de pensar, como algunos fanáticos sostienen, que no hay un derecho a no tener a hambre.
La justificación de estos derechos morales se encuentra en alguna especie de teoría del derecho natural, es decir, en alguna teoría jurídica no positivista, que se fundamente en algún principio (o principios) objetivo, válido en todo tiempo y lugar, y cognoscible mediante un método intersubjetivo, en el que si todos adoptan el punto de vista imparcial llegarían a la misma conclusión. Su grado de capacidad epistémica es lo básico. Esto último desecha las tesis de las escuelas del derecho natural que apelan a la revelación divina o fe (mera superstición si mantenemos la rigurosidad científica). La interpretación de la voluntad de dios de alguno de estos “santos devotos” llegó a justificar la discriminación por razón de sexo, raza, religión, clase, etc.; incluso llegó a postular a la intolerancia como mandato divino, lo que produjo guerras y muertes de “inocentes” al por mayor, entre otras muchas barbaridades.
Otra de las tesis de estas escuelas es aquella que postula “verdades evidentes por sí mismas” que se colocan más allá de toda prueba y que no permiten una argumentación de carácter racional: para los “padres fundadores” constituía una verdad evidente por sí misma la posesión de esclavos, el machismo y la inferioridad de los nativos americanos.
La naturaleza humana, cuánto se ha escrito sobre ella, tantas y tan diversas ideas se han esgrimido, basándose en alguna concepción de ésta. Que es un dato objetivo constante e inmodificable, se dice. Nos proponen como método, si es que somos de los pocos iluminados, cerrar los ojos y reflexionar profundamente, porque de allí, intuitivamente, se capta la verdadera esencia de la naturaleza humana de la que pretenciosamente se obtienen los principios universales (válidos para todo tiempo y espacio) y objetivos (entes que están allí listos para ser captados por la razón). Obviamente no todos los “pocos iluminados” llegan a la misma conclusión, la tarea de decidir qué es lo bueno y qué es lo malo debe ser confiada “ciegamente” a unos pocos eruditos.
Recordemos que bajo la expresión naturaleza humana, paradójicamente, se han pretendido justificar regímenes tan contrarios entre sí, como el anarco capitalismo o el comunismo utópico. Resulta notorio que este método no es científico, en lo absoluto. Si recurrimos a las ciencias, como la antropología o la sociología, sus observaciones realizadas al ser humano, en distintas circunstancias (históricas, geográficas) o en su “estado de naturaleza”, no nos han proporcionado datos certeros o alguna teoría sobre su ÚNICA naturaleza, mucho menos nos pueden proporcionar la naturaleza que DEBERÍA SER, ya que, indiscutiblemente, los antropólogos o sociólogos tropezarían con la falacia lógica naturalista descrita por David Hume: lo que ES no necesariamente DEBE SER.
El intuicionismo, a su vez, renuncia a la argumentación en la teoría moral, ya que, bajo este método, el conocimiento moral de la conducta correcta se lo aprehende de forma directa, inmediata, rutinaria, imperativa. Es curioso que las percepciones morales de los individuos parezcan depender tanto de lo que su madre les dijo a los 2 años o de las circunstancias en que fueron educados.
