Se celebra el bicentenario del Primer Grito de “Independencia”. Hace doscientos años unos personajes pertenecientes a la elite socialsus títulos nobiliarios (marquesados) ponen en evidencia su posición aristocrática, propia de una sociedad “naturalmente” desigualitaria, obviamente autorizada por la “voluntad de divina” fueron elegidos para conformar una Junta que gobernaría interinamente a nombre del único y verdadero soberano de aquella época, el desterrado y depuesto Fernando VII de Borbón. Monarca a quien sumisamente este grupo de “notables” seguían guardando fidelidad.

Qué antinatural el gobierno de José Bonaparte, hermano del usurpador, del anticristo para algunos que no son pocos; para otros, en cambio, del Emperador Napoleón I.

La frase “fueron elegidos” resulta demasiado problemática para ser pasada por alto, quién eligió a estos señores, y de qué clase de representación se trataba. El no pagar impuestos, el poseer grandes extensiones de tierra y una gran cantidad de campesinos o siervos que trabajaban para ellos, entre otros privilegios, eran sus características esenciales. Resulta ser que estos ociosos, en definitiva, debían representar al “pueblo”. Evidentemente esto era así porque en aquella época, muy a pesar de los triunfos de los revolucionarios republicanos francesas, en especial, de los tan temidos jacobinos, las colonias españolas permanecían regidas bajo la concepción orgánica de la sociedad: el Estado es como un cuerpo humano en grande; filosofía platónica de cientos de años antes de la aparición de la “Estrella de Belén” y de toda esa historia.

Es curioso que esta fecha, el 10 de agosto, coincida con un acontecimiento verdaderamente revolucionario, solo que ejecutado diecisiete años antes de 1809, y es ésta la nota más interesante: el 10 de agosto de 1792, el pueblo francés asaltó el Palacio de las Tullerías, lugar donde se encontraba recluido (para evitar otro nuevo intento cobarde de escape) el rey Luis XVI. Luego de lo cual, y una vez privado de su autoridad de monarca, pasó a ser conocido como el señor ciudadano Luis Capeto, sujeto imputable. ¿Cómo es que si en 1792 ya corría la sangre en aras de la consecución de una república de hombres libres, iguales (incluso hasta de fraternos) nuestros “gloriosos” y “heroicos” PADRES FUNDADORES, diecisiete años después todavía consideraban digno el hecho de arrodillarse ante cualquier mequetrefe nacido del vientre de estas “reales” casas familiares?

¿Cuál era el peligro, por qué tanto temor en esta pequeña parte del globo, siendo que en el norte las tres colonias ya no eran tales, sino que ya constituían una naciente república de libres e iguales (por supuesto según la ideología que encubría las relaciones de poder, pero ese es otro tema)? Ningún peligro, ningún temor. Pudo ser que el interés de clase para estos héroes haya sido la más excelsa consideración de su razonamiento práctico.

No se debe olvidar que los revolucionarios franceses debieron batirse contra una de las monarquías más despóticas, el absolutismo por derecho divino; el Estado Soy Yo se animó a decir el número catorce. Este régimen político justificado por un “derecho natural” católico, que de acuerdo a las convicciones más profundas de nuestra época, ese mismo derecho natural, de justo, o de moralmente correcto, tiene muy poco.

Tampoco hay que dejarse seducir por ciertos discursos (los oficialistas quienes paradójicamente se consideran revolucionarios) que pretenden asemejar a la revolución del 25 de mayo de 1810 que estalló en Buenos Aires, liderada por Mariano Moreno, con esta declaración de rechazo al gobierno de uno de los Bonaparte, pero con un grito atronador de sumisión a la voluntad de un individuo alejado por miles de kilómetros, y sin mérito alguno, salvo que alguien insinúe en dar alguna virtud al mero acto de salir beneficiado por la lotería natural. Para cerrar, debe consternar el hecho de que hace muy poco tiempo, en pleno SIGLO XXI, ante la pasividad e impavidez de algunos de nuestros gobernantes, uno de estos “reales” petulantes haya pretendido hacer callar al representante de una república de iguales. La extremada sumisión de nuestras autoridades que se reputan “democráticas” ya desborda los límites de la ridiculez.