El pasado 2 de mayo de 2009 el F. C. Barcelona venció a su eterno rival el Real Madrid C. F. por un marcador de seis goles a dos. De los seis goles que le metieron al arco de Casillas, el anotado por Carles Puyol Sanforcada (el segundo gol) me crispó la piel entera.

Lo grité como gol en mi Monumental de El Salado. Salta marcando de cabeza con la potencia que le caracteriza y al celebrarlo, Puyol toma con su mano derecha la banda de capitán que lo distingue (que es la bandera de Catalunya, su lugar natal), la besa y la ofrece con puño cerrado a la tribuna. Gesto corajudo.

Amor a la patria chica; identidad con el pueblo que lo ha visto nacer; sentido de pertenencia con la comunidad que le ha dado la oportunidad de ser lo que es. Todo esto en un partido de fútbol que para los madridistas y culés implica más allá de pupos, camisetas y sudor. Competitividad regional de la sana, la necesaria y vital para mantener vivo a un país. Regionalismo puro aunque a algunos capitalinos (y a ciertos guayaquileños malanochados) les dé urticaria lo que aquí escribo.

Guardando las distancias de todo tipo, el Barcelona Sporting Club guayaquileño (porque Guayaquil es la ciudad donde encuentra sus fundamentos y principios genéticos) encierra a su hinchada en un cúmulo de sentimientos que se traducen en la reivindicación de un pueblo que busca en ese elenco deportivo la idolatría propia de ese campeón que con su pequeñez enfrenta rivales y siempre con esfuerzo hace mucho donde se lo plante. Equipo de barrio. Eso es nuestro Barcelona de Guayaquil. Así nació.

Con el paso del tiempo y la creciente hinchada que a nivel nacional se le adhiere, el Ídolo del Astillero se convierte también en una mina de oro. La idolatría se tabula en taquilla de estadios; rating en televisión abierta y pagada; objeto de mercadotecnia. Barcelona es, insisto, una mina de oro que aprovechada por lustros y más por unos gambusinos quebrados que andan por ahí, los líos, deudas y vergüenzas administrativas y deportivas que hoy sufrimos la hinchada es en gran parte efecto de las siguientes distorsiones:

  1. La gran vitrina amarilla. El equipo es mostrador de bazar barato para jugadores que al llegar sobrevalorados al plantel de primera con bombos y platillos, se desinflan en uno o dos partidos. Muchachos que llegan con la ilusión de hacerse de inflados sueldos, ganan dineros pactados contractualmente, sea que entrenen, beban, frieguen o den de qué hablar a la prensa rosa de ocasión.
  2. Empresarios deportivos de postín. En cierta ocasión tuve contacto con un señorito niño bien (de esos a los que el padre les heredó un billete y ya se creen empresarios de primera línea) que deseaba fervorosamente ser dirigente deportivo de un equipo chico de fútbol para luego saltar a la dirigencia de Barcelona. El roce social y la oportunidad de negocios como dirigente deportivo es infinita, me decía. Si este es el razonamiento de los jóvenes empresarios que hoy están al frente del equipo - y espero estar completamente equivocado en mi presentimiento - , descender a la serie B del balompié nacional es justísimo escarmiento para una institución como Barcelona Sporting Club, que solo aspira retornar inversiones a los capitalistas de turno y no en llenar de copas y títulos deportivos sus ya polvosas vitrinas.
  3. ¿Barcelona Sporting Club, institución? Un club, según la RAE, es una sociedad fundada por un grupo de personas con intereses comunes y dedicada a actividades de distinta especie, principalmente recreativas, deportivas o culturales. Así de clara la definición. Pero nada claros los objetivos de los dirigentes barcelonistas. Indisciplina, desorden, caos: ¿siendo así de fatuos como institución queremos ser campeones? Los premios son para quienes los merecen. No hacemos méritos. Por eso no somos campeones.
  4. La ausencia de un plan general metódico en la consecución de objetivos mediatos e inmediatos hacen del BSC un equipo que todos los años protagonice verdaderas proezas deportivas para no descender de categoría y no para obtener el campeonato y volver a la Libertadores.

Aunque Liga Deportiva Universitaria de Quito (sí, de QUITO y no de Ecuador, porque esa ciudad es su base genética, su fundamento espiritual) haya ganado la Copa Libertadores de América en las manos de un arquero que respira y exuda barcelonismo, ya nadie se acuerda de tal cosa. Los medios de comunicación derraman tinta como lágrimas cuando el Barcelona de Guayaquil pierde en la sierra o se deja empatar tontamente en casa ante el colista de la tabla. ¡Así derruido este equipo sigue siendo atractivo! Reivindicación de los pobres, mitad más uno del Ecuador. Equipo de barrio. Eso es nuestro Barcelona.

Quien siendo presidente de un club deportivo, piensa electoralmente en alcaldías, prefecturas o diputaciones, mejor que se dedique a lo segundo y deje el club en manos de deportistas o empresarios de vieja escuela como es el caso de don Nasib Neme en nuestro eterno rival. Neme no tiene corazón en el pecho: tiene un dínamo eléctrico que lo motiva a organizar su equipo y tenerlo primero en la tabla desde hace algunas fechas. Su sangre es azul. Se le nota.

El barcelonismo necesita repensarse. Volver a lo básico. Traer jugadores emblemáticos del EMELEC a jugar en el quipo montados en helicóptero no es propio de humildes. Bautizar el estadio con el nombre de un banco cuyo fundamento financiero está en una ciudad que rivaliza (sí, rivaliza) con Guayaquil, fue un contrasentido. Maruri perdió los libros con Barcelona. Ojalá Barcelona no pierda la categoría con Maruri.