Los asambleístas de alianza país creen saber todas las respuestas a los problemas nacionales. Según ellos, son un grupo de sabelotodos convencidos de ser los únicos que saben como se debe desarrollar el Ecuador.

Son tan engreídos de si mismo, que desprecian cualquier aporte hecho por otros ecuatorianos que con su esfuerzo construyeron el país de hoy.

Las últimas burradas logradas con su sobrevalorada autosuficiencia, son la justicia indígena y el roba ahora que no te meto preso.

La constitución reconoce al Ecuador como un estado unitario que agrupa a diversas  nacionalidades bajo una misma identidad: la ecuatoriana.

Esto en esencia es lo que nos une a todos los que habitamos en la patria.

Somos un estado pluri racial, que se unifica en una sola identidad bajo la misma constitución y regulada por una sola ley.

Conceptualmente la justicia debe ser la misma para todos, ya que de esa manera se mantiene incólume el principio de igualdad ante la ley.

Esto hace que todos tengamos los mismos deberes y derechos.

La equidad ante la justicia es un principio universal.

Mientras mas celosamente se cuide su administración, demostraremos ante otras naciones el grado de madurez y la plena vigencia del convivir democrático representado en un estado común.

Por eso es que a las cosas hay que llamarlas por su nombre: lo que han legislado los sabelotodos del vergonzoso congresillo, son imbecilidades sin nombre que solo traducen la ausencia neuronal y el resentimiento social de quienes amparados en el número mayoritario e irreflexivo de un grupo que levanta manos, hacen las más absurdas leyes para destruir la unidad vigente del estado y con su resentimiento resultante, propiciar la lucha de clases.

El cambio de delito a contravención de todo robo que no exceda los 650 dólares, es una ridiculez propia de algunos chuchumecos tercermundistas que ahora son cómplices de cada ratero que nos hurte por la calle.

La justicia indígena es solo una forma de legalizar el asesinato.

Este hecho criminal ha logrado que nuestro país a través de las imágenes enseñadas por los canales internacionales, sea visto como una jungla poblada por una horda de salvajes con tapa rabos que asesinan y queman a cualquiera que presuntamente transgreda lo que consideren su derecho, amparados con el beneplácito y la complicidad criminal del estado.

El otro día en la maternidad entraron a la consulta externa una banda de seis ladrones. Después de amedrentar y quitarles los celulares a veintisiete mujeres que se iban a  atender por su estado de gestación, salieron caminando con la seguridad de que la pena máxima por el robo cometido eran catorce dólares o cinco días de cárcel.

Hace una semana en Quito afuera de la iglesia de San francisco, el hijo de un  comerciante de Guayaquil, estaba con su esposa y sus cinco hijos. Un secuestrador criollo con argucias y aprovechándose del gentío, raptó a uno de los niños. La esposa gritó y logró la intervención de la policía que capturó al secuestrador. A continuación los policías pretendieron que en el mismo patrullero se embarque la denunciante con el criminal. Para no alargarles el cuento fueron a donde el fiscal de turno, quien les dijo que lo ocurrido no era un  delito sino una contravención, por lo que el criminal pagó catorce dólares y salió caminando muerto de risa.

Demás está describirles el salvajismo que vimos por la televisión cuando las imágenes nos enseñaron el asesinato de un individuo quemado por robar electrodomésticos.

Todo esto sucedió después de masacrarlo a golpes, ortigazos y mientras casi en pelotas era mojado frente a una turba enardecida que saciaba sus bajos instintos.

Testigos de este crimen fuimos todos y el asesinato quedó grabado como testimonio terrorífico para las cámaras de TV nacionales e internacionales que trasmitieron al mundo este logro de las leyes propiciadas por los lacayos de la robolución ciudadana.

¡Que terrible y doloroso resulta ver este crimen!

Sin embargo, es peor el hecho de que con nuestro silencio permisivo y la indolencia que nos ha invadido, seamos cómplices de este asesinato, al no hacer nada para sacar como sea a quienes fraguaron la ley que permitió esta barbaridad.

Recuerdo que en el congreso anterior nos congraciábamos cuando los garroteros del MPD sacaban a golpes del palacio legislativo a los diputados para que no se sienten en su curul.

¡Que indolencia la nuestra ahora!... ¡Nadie reclama!... ¡Cómo lo permitimos!

Todo esto es culpa de Alianza país y Correa.

Ustedes se preguntarán: ¿Qué tiene que ver Correa en todo esto?

La respuesta es simple: es colegislador de todas las leyes que se hacen en el vergonzoso congresillo.

Toda nueva ley antes de ser publicada en el registro oficial tiene que ser revisada por el presidente. Este tiene el derecho constitucional de aprobarla y ordenar su publicación, también de vetarla parcialmente y agregar sus propias reformas para devolvérselas al congresillo o por último, vetarla totalmente para que no se publique.

Estas dos imbecilidades han sido avaladas con el beneplácito de Correa, por lo que en cada robo o asesinato cometido a nombre de estas dos estúpidas leyes, está la complaciente complicidad de un ejecutivo que se solaza con sarcasmo, de propiciar un cambio en la patria hacia el salvajismo y la mayor producción criminal de los pillos nacionales.

Con estas dos leyes todos los ladrones, secuestradores y asesinos están felices, ya que son protegidos por el estado.

Gracias al emperador y su jauría de resentidos demagógicos, ahora si el asesinato y la salvajada ya son de todos.