Dios me ha permitido ser un hombre realizado. Afectiva, social y profesionalmente he culminado cada una de mis aspiraciones. Esto me permite no tener que adular a nadie, así como tampoco actuar bajo ningún tipo de cálculo que conlleve un beneficio personal.

Nunca he vivido en Los Ceibos y nunca lo haré.

Sin embargo, desde hace mucho tiempo se de la extraordinaria labor que el padre Federico Gagliardo ha realizado en beneficio de esa comunidad y sus sectores aledaños.

Antes que nada Federico es un hombre auténtico y coherente, es decir que actúa de acuerdo a lo que piensa y vive de acuerdo a lo que predica.

Es un guayaquileño inteligente, práctico y sobretodo no tiene pelos en la lengua. Dice sin tapujos todo aquello que le pasa por su mente. Es un ser humano de acción que no duda en reprender a los que actúan mal, así como de reconocer las cosas buenas que tiene su prójimo.

Recuerdo que desde hace muchos años hacía que por las tardes vayan a su iglesia los niños pobres de las zonas marginales aledañas. No permitía que a estos niños se los trate displicentemente por caridad, sino que exigía que se los acoja con dignidad y sobre todo hacía respetar sus derechos.

En cada sermón que daba en la iglesia opinaba sobre todo lo que su comunidad debería saber. Hacía apagar los celulares y demandaba respeto a la vestimenta de aquellos que acudían para hablar con el señor.

Cuando diario “El Telégrafo” era libre y pertenecía a los Guayaquileños, como su presidente tuve el honor de llevar a sus páginas a Federico como columnista de opinión.

Posteriormente y por sus propios méritos, fue miembro de su Consejo editorial.

Federico también ha participado como cabeza visible de lo que debe ser el sacerdote del siglo XXI en la defensa de la ciudad de Guayaquil. Lo ha hecho de frente y apasionadamente, tal como lo hacen los Guayaquileños madera de guerrero que no temen dejar su vida por la ciudad.

Incluso el muchacho malcriado de Carondelet lo ha ofendido en múltiples cadenas radiales. Federico ha sido otro de los ecuatorianos favorecidos con el sarcasmo y el ninguneo del prepotente que nos desgobierna y nos insulta con nuestro dinero.

Recuerden ustedes que el mismo ofensor habló mal del obispo Arregui.

Incluso una mujer mandada por los que se dicen de manos limpias y corazones ardientes, fue a ponerle un juicio de paternidad.

El obispo actual no nació en el Ecuador ni es Guayaquileño.

Sin embargo, ha impedido que Federico escriba en “Desde mi trinchera” y ha ordenado su cambio de la parroquia los Ceibos sin justificación alguna.

Todo esto lo ha hecho para congraciarse con el bravucón de las camisitas bordadas, que le exige la cabeza de Federico a cambio de su reconciliación.

Aquí hay dos cosas claras.

La primera es ver como el maltratador con tal de destruir a sus opositores, es capaz de cualquier cosa.

No le importa Dios ni religión.

Si tiene un enemigo debe eliminarlo y en este caso sin importar la fructífera labor de muchos años de un sacerdote cuyo pecado está en no agacharle la cabeza ni doblarle sus rodillas.

Lo segundo, es la decepción que tengo al ver al primer personero de la iglesia actuar taimadamente para congraciarse con el dictador.

Lo peor de todo esto es el quemeimportismo evidenciado para sacrificar a Federico y entregar su cabeza en bandeja al emperador.

Esta es otra correada más y una flaqueza de quién debe defender a la iglesia.

Por mi parte no permitiré que Federico sea removido. Si hay que hacer lo que sea o lo que fuere, estaré ahí para evitarlo.

El Calígula criollo nos está arrastrando a lo más bajo que puede en nuestro país.

Pero solo lo puede hacer; si se lo permitimos.

Atrocidades como las de Federico, nos pueden volver ecuatorianos dignos si las impedimos o cobardes y rastreros si las permitimos.