El día de hoy se recuerda la suscripción del Protocolo de Río de Janeiro, al respecto creo necesario realizar las siguientes reflexiones:

Carlos Dickens, el afamado literario inglés, escribió una novela cuyo título se traduce, indistintamente, como Grandes Ilusiones o Grandes Expectativas, en la que se refiere al anhelo de alcanzar el éxito y la felicidad, aspiraciones que a la postre se frustran.

Como Pip, el personaje principal de la obra, todo nuestro país tuvo también “ Grandes Ilusiones”, durante más de cincuenta años, creyendo firmemente que algún día, por lejano que fuese, se produciría una reparación total o parcial de la tremenda injusticia que significó la invasión de mil novecientos cuarenta y uno. Con ese fin durante medio siglo floreció en el alma nacional la seguridad que lo inicuo por poderosas fuerzas que lo apoyaran sería alguna vez derrotado por la razón y dignidad. Muy frecuentemente en las escuelas, especialmente en la región costeña, se cantaba ese himno que era “Recordad el Oro”, y en los pechos infantiles había la firme decisión de contribuir a que el gran día de la derivación total de la nacionalidad ecuatoriana se hiciera realidad. Varias generaciones así lo han creído, y por supuesto, proclamado. Interpretando este sentir unánime del país el Doctor Velasco Ibarra, presidente del Ecuador, proclamó formalmente que el Protocolo de Río era nulo.

Ninguno de los magistrados que le sucedieron publicitó una opinión contraria, hasta que gracias a un mal consejo o incapacidad para confiar en nuestras propias fuerzas hizo posible que cándidamente se aceptara por parte nuestra la validez del protocolo sin pedir nada a cambio. No importó, para los que así procedieron, ni el valor de los hombres que peleaban en primera línea, ni el apoyo unánime de todos los ciudadanos. Se prestaron a unas negociaciones apoyadas por los garantes, olvidándose que, una vez más, se iba a presionar al débil, como sempiternamente han procedido.

Lo decidido por los garantes fue injusto, y casi reprodujo todo lo exigido por el Perú, demostrándonos que en las negociaciones internacionales, como lo advirtiera Spinoza, siempre prevalecen intereses propios, argucias, y que casi siempre el resultado está reñido con la moral.

Ganamos la paz, pero perdimos nuestras grandes ilusiones.

Únicamente nos queda la decisión de seguir esforzándonos por darle a este Ecuador mejores días. Es verdad el tremendo dolor que causo este injusto fallo para nuestro país, más no debemos olvidarnos que, si bien es cierto, la risa une a los hombres, el dolor y profunda pena cohesiona a los pueblos.