En estos tiempos de «lunes negros» y de vertiginosos sube-y-bajas (y más bajas que subes), se ha dicho y desdicho sobre cuál debe ser la intervención del Estado en el mercado, que si han colapsado el mercado y el capitalismo, que si la crisis bursátil es para el capitalismo lo que la caída del pretendido sistema comunista de Europa del este para el socialismo, etcétera…, me parece que se ha perdido la objetividad a favor de las percepciones ideológicas.

Es que no se pueden hacer comparaciones entre estos dos conceptos, ya que pertenecen a diferentes categorías: el socialismo es una ideología política y el capitalismo es un hecho histórico, incluso más que un «sistema económico».

Si bien es cierto que al capitalismo se lo definió en el siglo XVIII, su historia se remite no a fundamentos teóricos ni a filosofías que hayan pretendido que el capitalismo «sea» o «se difunda», y va más allá de los razonamientos economicistas y de las justificaciones que se pretenden dar en torno a la propiedad privada o los medios de producción, que son por demás reduccionistas e ideológicos, pues tiene sus orígenes en la necesidad del ser humano en organizar sus actividades comerciales en un momento preciso de la historia.

El capitalismo venía perfilándose no sólo por el interés y la capacidad del ser humano de hacer trueques e intercambios ―como explicara Adam Smith―, sino también por el crecimiento demográfico, el deseo del mismo ser humano por salir de sus fronteras y por adquirir bienes que no podría obtener si no fuera por una valoración subjetiva de los mismos. Mezclados estos factores dieron como resultado que los mercados se diversifiquen, el comercio se expanda y, poco a poco y por necesidad, se cree y se perfeccione un sistema que satisfaga las nuevas condiciones en las que se desenvolvía la humanidad.

El natural agotamiento del sistema feudal hizo que se vaya terminando de definir la estructura capitalista que, como había anotado atrás, tiene un campo de acción más allá de los conceptos ideológicos posteriores nacidos de la corriente economicista.

De todas formas, a pesar de que el capitalismo nació como una necesidad de la humanidad, su práctica y su aplicación no son el ideal para la buena convivencia social, y no porque «el capitalismo es malo» en sí ni porque «lo que pretende el capitalismo es la avaricia del ser humano», sino porque el ser humano no ha sabido darle a este mecanismo el uso adecuado.

Fue entonces, cuando el ser humano usó y abusó del sistema, las extremas desigualdades generadas y las injusticias cometidas hicieron que la inconformidad, natural también, de quienes resultaron víctimas de ese sistema se rebelaran, creando teorías que llevaran a dar una solución a los conflictos creados, y nacieron el ludismo, el sindicalismo, el socialismo, el comunismo, el anarquismo y el movimiento libertario, entre otras corrientes ideológicas que tenían como presupuesto teórico al mismo capitalismo.

Es por eso que no se puede asimilar la caída del pretendido sistema comunista con una supuesta caída del capitalismo, porque son categorías diferentes.

Lo que sí podemos decir que cayó, por más que se trate de apuntalarla, es una manera de manejar el mercado, una manera de vivir el capitalismo. Porque es por demás evidente que la avaricia del ser humano queda muy bien reflejada en el inicuo sistema bursátil y en las mañosas e ideológicas tretas de economistas y mercadoteístas que todavía creen que cambiando el nombre a la enfermedad desaparece el cáncer.

Es que el problema no está en que si somos capitalistas o socialistas, si creemos en el Estado o en el mercado (como si fuera de creer en ellos) o si todo debe ser privado o público. No. El problema está en el ser humano. Fue este el que hizo fracasar las ideas socialistas en los países del este europeo; fue el ser humano el que hizo que el mercado se convierta en el bosque de los lobos. Quienes comprendimos que no existe «la mano invisible» o «papá Estado» siempre esperamos que pase lo que pasó y sigue pasando con las bolsas de valores (de desvalores) y no nos admira que los megas «salvatajes» gringos o europeos no puedan resarcir a la sociedad el mal que le generaron la perfeccionada ambición de unos cuantos.

Es que no es el violín, sino que lo toca.