La actual crisis financiara mundial debe obligar a los economistas a leer, estudiar y revisar los libros de historia, específicamente aquellos de historia crítica no nacionalista (romántica). Los neoliberales, auspiciados por los grandes políticos occidentales de la década del 80, Reagan y Thatcher, pasaron por alto las causas de la nefasta “Gran Depresión” de 1929, de aquel jueves 24 de octubre en Nueva York.

El modelo económico de la época conocida como la “Era del Imperialismo”, el laissez faire, propio de los liberales clásicos del siglo XIX, fracasó, colapsó, tuvo como consecuencia la eliminación de la mayoría de los gobiernos democráticos durante la tercera década del siglo XX. Cuán absurda resulta hoy, en nuestros días, la posición de la vertiente libertaria del liberalismo, carecen de conciencia histórica: atacan el intervencionismo estatal para paliar la crisis, continúan con el argumento de la mano invisible como único “legítimo” regulador de las relaciones del mercado.

Estos economistas, muchos de los cuales se creen filósofos del derecho, deberían responder, primero, bajo qué modelo económico se superó la “Gran Depresión”; segundo, si acaso no es verdad que el modelo del Estado de Bienestar -en Norteamérica las políticas del “New Deal”- tuvo como consecuencia la época de mayor riqueza y prosperidad que la humanidad haya conocido hasta el momento, siendo la época de 1950-1973 denominada como la “edad de oro”.

Recordemos o, de ser el caso, conozcamos un poco sobre Fascismo. El término fascismo es utilizado, convencionalmente, como expresión peyorativa para referirse, muchas veces, ha: violento, brutal, represivo, dictatorial. De acuerdo con los más importantes teóricos sobre este fenómeno, el fascismo se caracteriza por sus negaciones: fue antimarxista, antidemocrático y antiliberal. Estos fueron los nexos que lo unían, o identificaban, con la Iglesia Católica y los reaccionarios de viejo cuño –los ultras-, quienes estaban armados por la nostalgia ideológica de una edad media o de una sociedad feudal imaginada y fantasiosa, en la que se reconocía la existencia “natural” de clases o grupos económicos. El fascismo no fue más que la última boqueada del capitalismo, una racionalización del imperialismo, una forma extrema de nacionalismo, una reacción de la clase media baja contra la amenaza de la revolución social.

Las condiciones óptimas para el fascismo fueron: – la existencia de un Estado caduco, cuyos mecanismos de gobierno no funcionaran correctamente; – una masa descontenta y desencantada que no supiera en quién confiar; – unos movimientos socialistas fuertes y bien organizados, – un resentimiento nacionalista, como aquel producto de los tratados de paz; y – una dictadura suprema e ilimitada de un líder populista.

Durante el nazismo, Alemania tuvo una economía capitalista no liberal, que permitió superar la crisis económica rápidamente; el gran capital puede, como lo ha demostrado a lo largo de la historia, alcanzar un entendimiento con cualquier régimen que no pretenda expropiarlo. No quedan dudas de que los grandes capitalistas cooperaron con Hitler, ya que este nefasto personaje les permitió utilizar mano de obra esclava y, así mismo, les repartió los beneficios producidos de las expropiaciones a los judíos. Por otra parte, también se beneficiaron de la erradicación de la inminente revolución proletaria, a través de la eliminación de los sindicatos y de los derechos laborales. La destrucción de los movimientos obreros contribuyó a garantizarles -a los capitalistas- una respuesta muy favorable para salir de la depresión económica. Es indudable que sin el Crack del 29 el fascismo no hubiera alcanzado un puesto relevante en la historia. Fue este acontecimiento mundial el que, finalmente, situó a Hitler en la cima del gobierno de Alemania.

Aprendamos de la historia, la solución puede estar allí, en los libros que los políticos y economistas con poder de decisión han dejado empolvar por no haberlos consultado.