Luego de sufrir el empate agridulce entre mi equipo el Barcelona de Guayaquil y el Deportivo Quito, cae en mis manos la edición dominical de diario El Universo. Es su sección principal. Con rapidez hojeo página a página revisando las noticias cuyos titulares atrapan mi atención y descubro algo que me erizó con solo verlo: “La colaboración de la comunidad es importante. Mi abuelo decía solo al pendejo es al que le pasan las cosas o al pendejo le muerde el perro, algo así. Si usted da la oportunidad, el delincuente se aprovecha.”

Las declaraciones desafortunadas que les acabo de transcribir son de Euclides Mantilla, oficial de policía a cargo del cuarto distrito de la Policía Nacional (aquí en la Costa), y quien fuere hace pocos años jefe de la policía en Guayas. Ese epíteto de pendejo se le desliza en una entrevista que consta en la página 13 de la edición del 9 de noviembre de 2008 de diario El Universo, sección principal. Lean la entrevista. Se la recomiendo como feroz laxante.

¿Serán pendejos los ciudadanos a los que asaltaron en menos de un mes en el bar Liverpool de Urdesa, en la Av. Las Monjas y Av. Quinta? ¿Qué opinión tendrán los ciudadanos y propietarios (pendejos todos ellos) de cibercafés que son constantemente visitados por ladrones armados? ¿Será un pendejo más el policía que habiendo sometido a un delincuente que robó un celular a una señorita en pleno centro de Guayaquil, minutos después con empujón de por medio fue sometido por los compinches del delincuente, escapándose todos los malandrines ante el estupor de los testigos? Según Mantilla sí, esos ciudadanos que pagan impuestos en sus compras diarias son pendejos que dan oportunidad para que los asalten y roben. Opino sin temor y sin un resquicio de duda que aquí el pendejo, es otro…

Nicolás Issa Wagner y Francisco Jiménez son las caras visibles del Gobierno Nacional aquí en Guayaquil y en Guayas. Deberían ser los sujetos más estresados sobre la faz del Ecuador, pues sobre los hombros de estos dos personajes políticos descansa la responsabilidad de evitar que los niveles de inseguridad sigan ascendiendo en el Puerto Principal, crisol de la nacionalidad ecuatoriana (y no lo digo por romántico, sino por evidente: Guayaquil aglutina en sus calles y actividades a gran parte de ecuatorianos de todos los parajes patrios). Pero la verdad sea dicha, los realmente estresados son esos policías que con uniformes paramilitares son azotados por el calor costeño mientras patrullan el casco urbano en motos desvencijadas durante doce horas diarias y sin pago de sobre tiempo. Y a veces sin balas en sus pistolas. ¡Estos también son otros pendejos!

Debo creer que Fabricio Correa Delgado, hermano de Rafael Vicente, engrosa la estadística de los pendejos que el oficial Mantilla califica paladinamente en su entrevista, pues se dejan asaltar en la puerta de su casa al dar oportunidad a la banda que lo atacó. Por ser pendejo, entonces, le instalaron un poco más o menos PAI de madera y techo de zinc en frente de su casa en la Av. Leopoldo Carrera Calvo, en Los Olivos, con dos policías que comen frío en las noches de verano guayaquileño. ¡Así sí da gusto ser pendejo! ¿Verdad?

La seguridad física y jurídica de la ciudadanía no se arregla poniendo papel higiénico en los PAI, comprando balas, chalecos y pistolas, o montando a policías en veloces motos usando uniformes playeros. El problema está en la centralización y politización de la Policía Nacional. Velar por la seguridad física de ciudadanos y sus bienes en Ambato o en el recinto Los Tomatitos no es igual que hacerlo en Guayaquil, Manta, Quito o Lago Agrio. Son relaciones sociales diferentes, con entramados locales disímiles y muy complejos para aplicarles un plan estándar. Los municipios deben de administrar la fuerza pública policial, elaborar los planes de seguridad y ejecutarlos en sus cantones, pero eso sí, sujetos a una sola ley que defina cómo se organiza su estructura, cadena de mando y gestión. ¡Pero qué va! Mientras la Policía Nacional dependa del Jefe de Estado y de Gobierno, los patrulleros serán vallas ambulantes rodando con dinero fiscal y exhibiendo mensajes políticos a la ciudadanía en los baldes de las camionetas.

No hay revolución ciudadana efectiva si no se rearman las estructuras del Estado como organización de servicio público eficaz. Alianza País ha operado una revolución tumultuosa donde empujaron a unos para ellos ponerse en ese sitial de privilegio. El Estado es un aparato donde mellan unos pocos de otros muchos. Así fue antes y hoy es igual.

Mientras esta malvada dinámica politiquera que genera nuevos ricos sigue su ritmo en la revolución ciudadana, seguiremos siendo pendejos por partida doble: pendejos por dejarnos asaltar de las percepciones armadas nacidas de la proterva mente del cejijunto ministro de la gendarmería y su gentil policía; y pendejos por seguir creyendo que con Correa Delgado y sus amigos viene el cambio debajo de su brazo.