Naturalmente con los que correspondan a su fe o ideología o filosofía social, como quiera llamarse a la fuente de su pensamiento y acción. Pero, en todo caso, debe ser prioritario aquel principio de Mahatma Gandhi: “En asuntos de conciencia, no es aplicable la ley de la mayoría”.

Sería muy largo citar los principios de las diferentes doctrinas sociales para que sirvan como guía para evaluar si hay o no coherencia en la gestión de un determinado gobierno. Pero, como en el Ecuador vivimos una situación en que comienza a discutirse acerca de si el proyecto de constitución y los mensajes del gobierno son o no de acuerdo a los principios de la Iglesia Católica, vale la pena citar, aunque sea, algunos pocos principios esenciales de su Doctrina Social aplicables a nuestra circunstancia.

Ante todo, aquellos “no negociables” señalados por el sucesor de Pedro, el papa Benedicto XXI: el no al aborto, la defensa del verdadero matrimonio y la verdadera familia, y el derecho de los padres a la educación de los hijos antes de que lleguen a su mayoría de edad y madurez, en la que ya deben ser consecuentes con aquello que dice Khalil Gibran: “Tus hijos no son tus hijos, son hijos de la vida deseosa de sí misma”. Y así, en esta etapa, los padres deben dejarles la libertad y responsabilidad de escoger su propio destino.

Pero, como existen también otras cuestiones que merecen tomarse en cuenta, conviene citar textualmente lo que sostiene el papa Juan XXIII en su encíclica “Pacem in Terris”: “No faltan hombres de gran corazón que, encontrándose frente a situaciones en que las exigencias de la justicia o no se cumplen o se cumplen en forma deficiente, movidos del deseo de cambiarlo todo, se dejan llevar de un impuso tan arrebatado que parecen recurrir a algo semejante a una revolución. A estos tales quisiéramos recordarles que todas las cosas adquieren su crecimiento por etapas sucesivas, y así, en virtud de esta ley, en las instituciones humanas nada se lleva a un mejoramiento sino obrando desde dentro paso a paso”.

Lo anterior es bien complementado por el papa Pío XII, en su alocución de Pentecostés, el 12 de junio del 1943: “No en la revolución, sino en la evolución bien planeada se encuentra la salvación y la justicia. La violencia nunca ha hecho otra cosa que destruir, no edificar; encender las pasiones, no aplacarlas. Acumulando odios y ruinas, no sólo no ha logrado reconciliar a los contendientes, sino que a hombres y partidos los ha llevado a la dura necesidad de reconstruir lentamente, con imponderable trabajo, sobre los escombros amontonados por la discordia, la vieja obra destruida”.

Además, es oportuno citar de la encíclica “Centesimus Annus” del papa Juan Pablo II, esta afirmación: “En la lucha contra este sistema (el capitalismo absoluto) no se pone, como modelo alternativo, el sistema socialista, que de hecho es un capitalismo de Estado, sino una sociedad basada en el trabajo libre, en la empresa y en la participación. Esta sociedad tampoco se opone al mercado, sino que exige que éste sea controlado oportunamente por las fuerzas sociales y por el Estado, de manera que se garantice la satisfacción de las exigencias fundamentales de toda la sociedad”.

Finalmente, recordemos que Cristo dijo: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Si consideramos al César como el Estado, bien podría interpretarse que no dijo Jesús: denle todo al Estado que pretende darles todo, sino que tengan presente lo que es de Dios, que El si da todo con la Economía de su Providencia que, en cierta forma, es la Doctrina Social de su Iglesia en la Tierra, que no excluye a nadie y acoge a todos, respetando su dignidad y libertad.