Hace algún tiempo leía en un libro magnífico que en realidad existen cuatro cosas que ponen al ser humano en movimiento, en acción diríase mejor… el amor, el temor, el odio y la fe…

“Agazapado y esperando en la conciencia colectiva yace el odio…”, dice Daniel Goleman en el prólogo de su interesante libro –Emociones destructivas-, “como una presencia ominosa, aguardando el momento propicio para irrumpir de nuevo en escena. Y esto es algo que, en mi opinión –dice el autor-, seguirá ocurriendo una y otra vez hasta que acabemos comprendiendo las raíces del mismo –y del resto de las emociones destructivas- y encontremos, finalmente, el modo más adecuado de mantenerlo a raya”.

Leyendo las noticias alarmantes que nos vienen desde Bolivia y las no menos preocupantes declaraciones del Presidente venezolano de intervenir en “cualquier Estado aliado que se encuentre en peligro por parte del imperio”, la textual cita del párrafo anterior cobra vigencia pues es evidente que estamos viviendo en Latinoamérica la recrudescencia de la violencia alentada por la más certera arma de dominación conceptual… “el odio”.

El Dalai Lama, egregia figura de la paz, expresa… “la mayor parte del sufrimiento humano se deriva de las emociones destructivas como el odio que alienta la violencia o el deseo que promueve la adicción”. Recordemos que para los budistas el odio, el deseo y la ignorancia son considerados los “tres venenos” que dañan a la humanidad.

Acá en nuestro país la inusitada escalada delictiva que vive Guayaquil es insoportable así pues a vista y paciencia de la policía se viola, se roba y se asesina sin contemplaciones. Parece cobrar vida un inexplicable odio entre ecuatorianos que están con el sí o con el no, como si se tratara de vida o muerte. No se ve más allá de lo que significa una u otra postura, todos en esencia queremos el bienestar del Ecuador –o así debería ser-, entonces… “¿por qué seguir dividiéndonos?”, si el verdadero objetivo es combatir el hambre, la falta de empleo, la migración y la pobreza…

¡No más insultos por favor ni agresiones!. La jornada que nos espera hasta el 28 de septiembre será durísima y por tanto se hace necesaria la ponderación y la ecuanimidad desde las altas esferas gubernativas para sacar adelante la voluntad mayoritaria del pueblo –cualquiera que sea- en un ambiente de equidad, tranquilidad y esperanza, sin provocaciones, so pena de convertirnos en una sociedad que llora a sus muertos y a sus ilusiones como en Bolivia o profundamente polarizada como en Venezuela.

En ambos casos el odio reina y la violencia es el resultado de lo mismo, estamos aún a tiempo pues nuestra tradición de pueblo altivo pero pacífico nos distingue. Orar, sí, ciertamente, pero también trabajar desde nuestra individualidad para crear esos “antídotos” necesarios que eviten el “envenenamiento” letal al que estamos abocados con la fratricida lucha que vemos ya en las calles como consecuencia del odio desbordado entre unas posturas y otras.

Mi mensaje sigue siendo el mismo… ¡hay que leer el proyecto de Constitución!, sobre todo en aquellos artículos donde se pone en riesgo la estabilidad del Estado.

La lectura ha de ser crítica, analógica e inferencial, pues no es suficiente leer de corrido, hay que pensar en las consecuencias de lo que dice el documento e inferir lo que el asambleísta quiso expresar al momento de escribir. No me parece ético decirle a la gente lo que tiene que hacer al emitir su voto pues es conspirar contra su capacidad de ejercer libre y conscientemente su voluntad como elector. Los debates deben ser con el fin de encontrar la verdad y no con el interés de demostrar que “mi” posición es la que “gana”. Ojo con la propaganda televisiva…