En toda sociedad y durante todas las épocas, los hoy llamados adultos mayores –personas que pasan de los cincuenta años- han sido considerados los verdaderos soportes morales. Sus consejos y sabiduría dan fortaleza a los más jóvenes y su visión de futuro generalmente está marcada por la experiencia y la esperanza de mejores días… ¿verdad?

Durante la campaña presidencial en los Estados Unidos hace ocho años aproximadamente, el entonces candidato republicano y hoy Presidente tuvo la feliz iniciativa de pedir a los adultos mayores norteamericanos que salgan a votar para conservar los valores más profundos de su Nación y en efecto lo logró. Gran parte de su triunfo tuvo que ver con el apoyo de la gente que por su edad y su experiencia no sólo que apoyaron con su voto si no que también fueron capaces de orientar a los más jóvenes para que la decisión estuviese enmarcada en los principios y valores más profundos de la sociedad.

Hoy estamos abocados a una nueva pero crucial decisión el 28 de septiembre. Votaremos por una propuesta constitucional elaborada hace varias semanas en Montecristi y el país luce polarizado entre los que apoyan el si o el no. El debate se ha centrado en las personas y las confrontaciones dolorosas no cesan, es más las agresiones amenazan volverse incontrolables y todos parecen olvidarse que el debate debe ser de ideas y de conceptos. Un sacerdote de un populoso barrio guayaquileño fue agredido… ¡en el púlpito!, por gente que fue específicamente a eso y ante la atónita mirada de los feligreses… ¡no hay derecho!

Por todo lo anterior, algunos amigos y amigas adultos mayores, compañeros en un viaje relámpago que realizamos a Zaruma para capacitación a jubilados me pedían escribir sobre éste tema. Partimos de una premisa esencial… “si los adultos mayores son la reserva moral de este país, a ellos y ellas en primer lugar les corresponde guiarnos, decirnos con sabiduría su particular punto de vista frente a un tema tan crucial como decidor para el presente y futuro de nuestra Patria”, fue la firme propuesta de todos ellos. Para los adultos mayores –sin importar su edad- el votar es un deber ético que han de cumplirlo como ejemplo de civismo y de amor al Ecuador.

Aquí no se trata de estar o no con un determinado personaje político, de ser o no ser pelucón; es cuestión de pensar en el país que queremos y garantizarnos que iremos con rumbo sostenido hacia mejores días y no hacia el precipicio cruel de la desdicha. Por todo lo anterior y ante la necesidad evidente debemos apelar a todos aquellos que por su experiencia y sabiduría han de ser factores dirimentes en la orientación de los más jóvenes frente a los próximos comicios. No sólo que los adultos mayores deben salir a votar sea cual fuere su edad, si no que también deben orientar a los demás acerca del contenido moral de la reforma. ¡Sus puntos de vista serán valiosos y aportarán como siempre a la grandeza del Ecuador!