Soy de Guayaquil y tengo excelentes amigos manabitas. Me gusta visitar Manabí y disfrutar de sus bellezas naturales y de su riqueza humana. Veo en manabitas un calor especial, una mirada directa y una actitud franca, sin las barreras típicas de las grandes ciudades.

En lo político, siempre me alegró que exista una corriente que impulse “el manabitismo”, pues sólo concibo la administración pública desde lo local.

Para mí fue una decepción cuando descubrí que algunos manabitas no nos quieren. Pensé: “Y yo, ¿qué les he hecho?”. Pregunté razones y, aunque el tema me sigue pareciendo complejo, entendí que esos manabitas ven en Guayaquil a la causante de un desarrollo menor, a una especie de enemigo que les habría arrebatado algo. Entre ellos se encuentra Don Ramiro Molina Cedeño, quien me envió una larga carta protestando por mi tésis de que Manabí y Guayas deben unirse si quieren convertir su anhelo autonómico en realidad.

Guayas no ha podido sola. En 1820 lo logró pero la fiebre centralista de Bolívar aplastó a la ciudad calificándola de “sólo un río”. Ahora, para felicidad de los centralistas, Guayas está débil y aislada. Manabí tampoco lo ha logrado. En el 2000 dio 6 meses de plazo a las Autoridades Nacionales para que implementen su Autonomía y cuando vinieron a Montecristi, “El País” barrió con Manabí y el proyecto de Constitución retrocedió 3 décadas en materia de Autonomías.

Frente a estos hechos estamos obligados a dejar atrás las diferencias y centrarnos en la necesidad de unirnos para conseguir nuestros objetivos de traer el poder público a lo local. El manabita que cree que Guayaquil es su enemigo permanece ciego al hecho cierto de que es en “La Capital de todos los ecuatorianos” -como cínicamente se autodenominan- que se encuentra la sede de un sistema perverso que ha sembrado inequidad, subdesarrollo y corrupción.

En su carta, Don Ramiro hace alusión a cuestiones que pasaron hace siglos y sugiere que allí estarían las fuentes de los resentimientos de algunos manabitas en contra de Guayaquil. Esto nos lleva a un tema ancestral de difícil tratamiento, sobre el cual Molina afirma que los puertos de Manabí, siendo hábiles para el comercio internacional, habrían sido impedidos de desarrollar por “las mafias” de Guayaquil. Yo no me la creo. Si un Puerto podía y debía salir adelante, no concibo fuerza que lo detenga. Si un barco bien cargado prefería ir a Guayaquil antes que a Cayo o Manta, probablemente era porque allí había más gente que comprase su mercadería, o mejores servicios de mantenimiento o restauración de los barcos o del personal. No es lógico, ni refleja madurez, el ver en la provisión ajena de servicios “el culpable” de la no provisión de los míos, ese no es un pensamiento autonómico, sino la típica reflección de la cual se nutre el resentimiento, y con él el resentido.

Para establecer si una región vive o no a expensas de otra, hay que cuantificar la transferencia neta de recursos públicos entre ellas. No con ejemplos aislados como hace Don Ramiro, olvidándose del CRM, FEDEM, la JRHM, etc. sino analizando la totalidad y neteando los flujos. Yo he hecho este ejercicio y Manabí no está entre las provincias que aporta más de lo que recibe. Lo que debe tenerse muy en claro en provincias es que todo el caldo se queda en la sede del centralismo, allá donde arrastraron al más manabita de los guayaquileños, al más guayaquileño de los manabitas.