Ocurrió en el reino de Absurdistán.

El pequeño reino era gobernado por un rey académico que no sabía de finanzas y nunca había trabajado en su vida. Estaba empobreciendo a su reinado y los alimentos cada día subían de precio.

Se creía bonito y pensaba que era simpático. Parecía loro loco de tanto hablar y en lugar de trabajar se dedicó a recorrer su reino para que todos los súbitos lo adoraran. Para llegar a rey había creado un movimiento de país con el objetivo de fomentar el resentimiento de la plebe, haciéndoles creer que la lucha revolucionaria era contra los que algo tenían. Esto logró crearle simpatías debido a que los vasallos estaban cansados de las falsas promesas de los reyes anteriores.

Así vinieron épocas donde lo único que hacía era insultar con una procaz verborrea que emanaba de su lengua viperina, ya que ofendía a todo el que podía, no importándole si eran mujeres, viejos o incluso sus propios partidarios. Se propuso convencer a los siervos para que lo perennicen en el trono. Les prometió todo, pero sobre todo les juró que sería un monarca diferente. Ofreció castigar a los feudales que se habían hecho ricos a costa de robar en las arcas del reino. Así recorrió el reinado y lo hizo con su lengua viperina. Por donde iba trataba de dar la impresión de ser diferente a los reyes anteriores. Para no alargarles el cuento, cuenteó a la mayor parte de los súbditos.

Sin embargo desde el mismo día que se ungió como rey no juró respetar la Carta Magna Del Reino y en ese mismo instante la violó. Una vez coronado rey, generó muchas expectativas entre los pobladores.

Pero al paso de los días solo se dedicó a recorrer las ciudades y asistir a toda celebración que hubiere y pudiere manipular con su presencia. Es más, cuando nadie lo invitaba se hacía invitar y nunca estaba en su palacio ya que se pasaba andando en bicicleta, viajando donde otros reyes o bailando en todas las pachangas de su reino.

También peleaba demasiado. Como no sabía gobernar, ²€ía y metía la pata a cada rato y por cada cosa que había dicho tenía que decir otra diferente. Con el tiempo nadie le creía y todos se retorcían por lo cínico que era. Otro de los problemas que tenía era que la gente nombrada como sus caballeros de la mesa redonda para que lo ayuden a reinar, no sabían gobernar, sino solamente de publicidad y mercadotecnia.

También en todos los feudos puso a antiguos y conocidos feudales que pertenecían a los grupos de los antiguos monarcas que sin embargo decía atacar, por que pertenecían al pasado que quería enterrar.

Internamente era prepotente, intolerante y endiosado de si mismo. Tenía un carácter extremadamente violento y respondía fácilmente con agresividad inusitada contra cualquiera que en su criterio creía que lo había ofendido.

Al paso de los días se convirtió en un monarca que todos temían. Nadie sabía a donde iba a llevar al reino. No tenía un plan de reinado. Para colmo se creía dios omnipotente y se puso a pelear contra la mayor iglesia de su reino. Incitó a levantarse a los vasallos contra los sacerdotes que representaban a dios sobre la tierra.

Cada vez que salía lo hacía en su carroza y acompañado de una numerosa guardia pretoriana, mientras obligaba a su paso a que los vasallos se arrodillaran y le agacharan la cabeza. En múltiples ocasiones, cuando pensaba que alguien no se había arrodillado o se habían osado señalarlo con los dedos de su mano, detenía su carroza y obligaba a sus guardias a meter a las mazmorras a cualquiera que no se le hubiere inclinado servilmente.

Incluso metió presa a una doncella prefecta del condado de Orellana y la torturó con castigos físicos, dejándola sin comer por varios días.

Con el tiempo los habitantes de Absurdistán estaban más pobres que con los reyes anteriores. En poco tiempo, el rey se había convertido en un tirano sanguinario. Había subido los impuestos. El precio del pan y el trigo estaban por los cielos y las cosas cada día estaban más caras.

Los súbditos perdieron la esperanza; se cansaron y se sublevaron.

Había paros, huelgas y sangre en las calles. La cofradía de los maestros que había utilizado antes de ser rey, lo había traicionado y ahora mantenían paralizado el reinado por más de 30 días. Los plebeyos que custodiaban el oro negro se habían tomado las bodegas donde se lo producía. Los súbditos del banano habían bloqueado los caminos. Había protesta de los que estudiaban, también de los viejos jubilados que vivían de la caridad, los comerciantes, los que transportaban carretas de alquiler, los pescadores, los que fabricaban cosas y aquellos que pertenecían al sistema de curanderos en las distintas dependencias a donde iban los enfermos. Los mismos empleados privilegiados que trabajaban para el rey se habían tomado las dependencias ministeriales donde laboraban. Los compinches que lo habían ayudado a ser rey ya no lo querían. Los indios que lo ayudaban a gobernar, ya no querían que gobierne.

Solo seguían a su lado, el príncipe de la mercadotecnia, el rey de los videos y un turco que era odiado por su propia colonia en pelucolandia.

Ya nadie creía en el tirano que hablaba de que el reino ya era de todos y vociferaba con romper los esquemas que habían sumido al reinado en su más profunda crisis. En tan solo un año y nueve meses, había roto el encanto. Había despedazado la esperanza de los pobres y lo había hecho con su prepotencia, intolerancia, agresividad, delirios de persecución, maltrato a las mujeres y a los viejos. Había condenado a quienes creyeron en sus promesas por su accionar errático, desordenado, incongruente y lleno de decisiones tomadas sin conocimiento y experiencia de trabajo alguno.

Se había dedicado a que lo adoren y a andar en bicicleta. Era invitado o se hacía invitar a toda pachanga que existía y pedaleaba sin trabajar en el palacio, donde solo se lo conocía por una inmensa foto que había colgado atrás de su trono. Por otro lado, los caballeros de la asamblea del reino eran cortesanos mediocres y chiros que nadie conocía y no tenían conocimiento ni protagonismo. Nadie tenía un plan para salvar al reino y se iba de tumbo en tumbo sin que existiera una solución puesto que el rey nunca gobernaba porque siempre andaba viajando, haciendo deporte o regalando caridad.

Un día que por casualidad estaba en el palacio se miró en un espejo mágico que tenía. Le hizo una pregunta: ¿Espejito, espejito, ¿quién es el rey más bonito?..... El espejo respondió: Antes lo eras, cuando eras humilde. En esa época vestías ropas baratas o prestadas y querías servir a la gente. Ahora te has convertido en un tirano igual a los que has detestado. Al oír esta respuesta se asustó con lo que vio. Se había convertido en todo aquello que más había odiado. Ahora vestía lujosas ropas que antes no tenía y estaba rodeado de serviles lacayos que antes no había soñado tener.

Ahora se la pasaba de festín en festín y le era más importante su ego que el sosiego de los pobres.

Sin embargo a pesar de toda esta verdad, su egolatría no le permitió cambiar. Después de nunca haber tenido nada y ahora tenerlo todo, había cambiado; era un tirano.

Se había convertido en un monarca furioso y vanidoso. Cada día la situación del reino era más precaria hasta que los súbditos se sublevaron y lo derrocaron. De esta forma el tirano rey abandonó la comarca para refugiarse en el reino del gorila rey.

Este es el triste cuento del que no tuvo nada y un día lo tuvo todo. Esta es la vivencia del que era un humilde plebeyo y se le subieron los humos cuando fue rey.

Por eso se dice que había una vez un rey en el pequeño reino de Absurdistán. Andaba corriendo y vestía como boy scout. Hablaba y hablaba que el reino ya era de todos y de la lucha contra la corrupción. La gente pasaba a su lado, lo abucheaba y le hacía malas señas. Ya no lo invitaban a ninguna fiesta. Solo se dedicaba a pedalear y gritar; pero ahora nadie lo quería seguir.