Ocho meses de trabajo, decenas de millones de dólares en la puesta en escena, promoción y publicidad de apoyo por parte del ciudadano Correa, nos dan un proyecto de nueva constitución que contiene 52.381 palabras. La Constitución de los EEUU con todas sus 27 enmiendas realizadas durante doscientos años se expresa con tan solo 7.835.

Nuestra vigente Constitución, la de Osvaldo Hurtado y sus científicos sociales del 98 alcanzaron a expresar sus ideas en tan solo 29.162 palabras. La de Chile reúne apenas 25.605 palabras para servir de base al desarrollo que mantiene a ese país sureño. La Constitución peruana que emergió en 1.993 luego de violencias y caos fue redactada usando 20.306 palabras. Para poner de ejemplo a un país más pequeño que el nuestro, Costa Rica que mantiene en vigencia su Constitución desde 1949 con sus reformas hechas en el 2001, se expresa en 15.977 palabras.

Francia la grande, aquella de la Revolución, de la libertad, igualdad y fraternidad tiene su Constitución aprobada también en referéndum, reunió sin esfuerzo 7.383 palabras para sintetizar su macro experiencia. La Cuba de Fidel tiene una Constitución redactada en 1.976, y usa tan solo 11.735 palabras. Nicaragua, país donde también ha corrido sangre a borbotones plasmó su régimen constitucional usando 26.662 vocablos. Y la Venezuela, la del Chávez el de la diarrea verbal, se gesta con un texto constitucional que usa 37.278 palabras, es decir 15.103 menos que las reunidas en Montecristi. Brasil de Lula, un país inmenso lanzado hacia el progreso, redactó su nueva constitución utilizando 29.267 palabras.

Reuniendo estas cifras acudo a la realidad fría de los números para tratar de sintetizar cuanta charlatanería se ha trabado en Montecristi, para parir una Constitución que es tan difusa y contradictoria semánticamente, que se hace muy fácil interpretarla de muchas maneras distintas según la coyuntura política que quiera reforzarse. Y lo peor es que realmente solo el Presidente de la República es quién podrá interpretar la Constitución a través de una nueva instancia llamada Tribunal Constitucional cuyos miembros él mismo los habrá nominado de organizaciones sociales indeterminadas. Lo adecuado era redactar una Constitución sobria, sin adefesios que se dicen y desdicen dentro de uno o distintos párrafos, redactados a contraluz y con muchos matices y gramaticales, comas y puntuaciones colocados para acomodar la unidad del bloque País, unidad que es necesaria tan solo hasta que se apruebe la Constitución, porque después de ello, el Soberano ya no será el Pueblo, sino Rafael Primero.

Y dentro de tantas palabras, muchas de ellas sutilmente ambiguas nos invitan a votar por el todo o nada, sin alternativas cuerdas posibles. Los asambleístas tarde o temprano se darán cuenta que fueron solo los peones de un ajedrez donde todo está ideado para defender al REY hasta que la muerte la separe del poder. Estamos por engendrar un perfecto dictador, quien ha calificado a esta pieza literaria redactada y corregida en su despacho, como la Constitución más avanzada del hemisferio. Creo que se confundió. Es la Constitución más larga del mundo diseñada para sus propios fines personales.