¿ De dónde nació la idea de que socialismo significa desarrollo ? ¿Quién o quiénes fueron los genios de la propaganda política que, internacionalmente, lograron hermanar la expresión izquierda con la de progreso ?

Gran mérito de sus autores, al haber sabido sintonizar la estupidez humana anhelante de creer a toda costa en utopías y negarse a reconocer las falsedades que la propaganda izquierdista insuflaba. Ser de derecha llegó a equivaler a reaccionario o cuando menos a conservador. Y lo conservador, concepto que tantas virtualidades podría encerrar si sólo aspirara a conservar las cosas buenas que pudieron hacerse, fue estigmatizado e identificado con sotanas , burguesía perversa , capitalismo inhumano, explotación e injusticia.

Su contrapartida, obviamente, debía ser el socialismo redentor de las clases populares. Y así se forjó la más grande de las mentiras, acompañada de un espectacular manejo de la ignorancia. ¿Quieres prosperidad? ¡Abracemos el socialismo ! Ese fue el axioma en pie de lucha. Menos de 70 años después de la revolución bolchevique, quienes llegaron al abrazo descubrieron sus inconsistencias y falacias, al tiempo que se derrumbaban.

Mientras tanto,. los países con gobiernos de derecha progresaban, se desarrollaban y adquirían cada vez más peso específico en las decisiones domésticas y mundiales. El capitalismo liberal impulsó la productividad respetando la espontaneidad, la libertad y el alto grado autónomo de la economía privada, generando riquezas que, pese a sus vicios de redistribución, fueron eficaces en áreas como las de educación, opciones laborales, niveles salariales y seguridad social . Europa y los EE.UU. pueden jactarse de sus alcances en tales rubros a través de su liberalismo pragmático. Esa era la derecha. La incontenible migración afro y latina lo dice todo.

Ya nadie cree en el socialismo, pero sobreviven algunos ecuatorianos que siguen despotricando contra el capitalismo liberal, responsabilizándolo de nuestras desdichas y decididos neciamente a intentarlo de nuevo. Si usted escucha las arengas del gobierno, deberá pensar que aún estamos en 1920. Generosamente, en 1950. Y concluirá, angustiado, que la revolución ciudadana podría acabar con el país en vez de redimirlo, gracias a un sector de la ciudadanía que exhibe su deseo de no querer ver la realidad. Un tratadista definió esta actitud como la “libido ignorandi”, el deseo compulsivo de no querer admitir la verdad, de ignorar a sabiendas, de contentarse con quimeras y confiar en la mentira cruel que augura mejores días allí donde el sistema socialista sólo puede generar comprobada penuria. Casi un masoquismo libidinoso.

Mientras mayor es la decrepitud ideológica del socialismo ecuatoriano, mayor es la fanfarria y la intolerancia con que se lo defiende. El espectáculo brindado por los sastres remendones del proyecto constitucional, alterándolo descaradamente por orden de asesores (y de otros que no lo eran), fue vergonzoso, con una severa carga delicuencial sobre la que la Fiscalía enmudece cual fiel eslabón del totalitarismo en camino . El futuro del país habría sido redactado por ineptos, según acusó tácitamente la Comisión de revisión gramatical. Ahora, para defender tanta desvergüenza, los epítetos deberán recrudecer y cualquier muestra de objetividad periodística será condenada. El Universo pasó a integrar la lista presidencial de los “vulgares pasquines”, siguiendo a las “majaderas”, a las “bestias salvajes”, a los “empresarios corruptos” , a los “curas mentirosos ” y a los “matones de barrio”, entre otros damnificados. No habrá freno para la indignación ni para los eructos presidenciales, reveladores de la pobreza de recursos intelectuales con que cuenta para enfrentar a críticos y detractores. La izquierda, sin méritos para gobernar, utilizó fantasmas y espantapájaros para camuflar su ineptitud. Durante 18 meses apeló a la “partidocracia” y al “neoliberalismo”. La primera fue indultada y hoy colabora con el régimen. El segundo, inexistente, mal podía contender : bastó que el gobierno mostrara sus colmillos estatizantes para que empezáramos a estar peor que antes. Los Isaías ingresaron al guión revolucionario y la administración estatal de lo que se supone es el patrimonio de aquellos, seguirá la suerte de nuestras empresas públicas: ineficiencia, corrupción, descalabro, escarnio.

Felipe González decía (Diario 16, Mzo. 25-86), que “los apelativos de liberal, socialista y conservador están carentes de contenido”. Pronto se comprobó que la izquierda giraba a la derecha pragmática, como en España, Chile y ahora Perú . Y que el centro no estaba ya en el centro. Sólo la necesidad electoral de inflamar nuestro escenario político, les sigue dando significado, aunque desnuda su anacronismo. Membretes como siglo 21, no resuelven nada. Pudieron haberse bautizado , humilde y proféticamente, como “Fracaso Siglo 21”, pues la libido ignorandi de sus seguidores habría encontrado virtudes revolucionarias en esa expresión.