Nuestras 19 constituciones anteriores, sumadas a las buenas intenciones legislativas de muchas dictaduras militares que normaron por Decreto a su antojo y que se fueron intercalando desde que somos república, nos hace ver con claridad que una norma fundamental o la legislación en sí, no logran cuajar buenos resultados.
¿Por qué ahora debemos poner tantas esperanzas en la Constitución vigésima, peor si es tan extensa, reglamentaria e impuesta bajo las no ocultas intenciones de perpetuar al menos por una década a Rafael Correa, un inesperado personaje cuya personalidad parece trastornada cuando algo se sale de su entender o parecer?
Yo soy un jurista frustrado. Cuando cursaba el quinto año de derecho, durante ocho meses intentamos aprender y entender un extenso y enredado articulado de una flamante Ley de Cheques puesto en vigencia por la dictadura de los años sesenta. Terminado el curso, en cosa de dos semanas, fue derogada esa ley por Decreto, debido a la sintaxis, extensión, e incoherencia. Luego de ser un enamorado del Código Civil vigente en aquel entonces y redactado y pulido por un poeta como lo fue el chileno Andrés Bello, nos encontramos ante una fanesca gramatical revolucionaria, redactada por los flamantes economistas que comenzaban a aparecer en aquel entonces para fundamentar la administración de la cosa pública. Me recuerdo con claridad que en una de esas discusiones acaloradas que mantuvimos entre bélicos y entusiastas universitarios llenos de las mismas ínfulas que ahora demuestran los noveles asambleístas, que yo sentencie una frase: “Cuando los economistas gobiernen este país, habrá un desastre de grandes magnitudes”/. Y al parecer ha llegado la hora. Para ese entonces Rafael Correa estaría en plena mamadera, chiquita pero, en relación de la que ahora diseña bajo la premisa de que el Estado es todo, y ese todo a él le pertenece a nombre de todos.
Los economistas legislando precipitaron la desaparición de los juristas, y la proliferación de los llamados “kikuyos” que son esa mezcla intrauterina entre licenciados o abogados de tercera y economistas incrustados en la elaboración de los reglamentos que priman sobre las leyes e incluso sobre la Constitución de la República. La nueva generación de “kikuyos” ahora son sociólogos, ya no vagos, sino aplicados y con Internet y Google a la mano. Así se explica que la actual Constitución sea tan extensa, llena de términos jurídicamente nuevos, y tan acomodada al ciudadano Correa cuya meta es hacer crecer al Estado y generar así empleo a quienes se identifican con sus concepto de lo que el llama “todos”
La Constitución número 20 está consagrando una literatura reglamentaria, oblicua que deja muchos vacios y dudas que serán sub reglamentados. Y seguramente esta Constitución quedará blindada con sangre. Es la revolución en marcha, que se defenderá derramando todo el torrente sanguíneo que se ahorró en su inicio. Imaginen esta Constitución en manos de un economista picado, tal como ha quedado demostrado con sus relaciones con Colombia, a sabiendas ahora que perdió la partida ante el Presidente Uribe. Y Correa picado realmente denota que tiene comportamientos patológicos bastante complicados.
