El infatigable Rafael Correa en su ambición infinita por el protagonismo y poder absoluto, ha usado de ese siempre y natural regionalismo o rivalidad existente entre las dos grandes ciudades, para, aprovechando de ser guayaquileño, categoría resentidos, manejar su popularidad en la Capital que se ve fortalecida con el fondo de su proclama: el Estado es todo, y Guayaquil y sus elites el mal de la República.

Quito es un paisaje y lo seguirá siendo por más que desde el punto de vista urbanístico y de la calidad de vida se haya convertido en una ciudad hostil para quienes habitan en ella. Quito se ha devorado a sí misma por ese centralismo que tanto ellos mismo lo defienden. Quito, es como toda capital, una forma de vida alrededor del cabildeo y de la cosa pública. Es un centro de decisión que conglomera, por lo que la solución al problema que le aqueja respecto al transporte terrestre ni aéreo, no existe dada su ubicación orográfica. Mientras más aleje su aeropuerto el tráfico urbano mas se complica. Sus calles seguirán siendo tortuosas, estrechas semejando una longaniza interminable. Su vegetación urbana perdió ya su clorofila, y el monóxido de carbono es parte integral de su existencia, y esto es peligroso porque se suma a la falta de oxigeno al cerebro. Sus 2.800 metros de altura y esta configuración suicida ofrecen obstáculos naturales como para levantar un aeropuerto internacional donde las elites quiteñas así lo decidieron. Peor si se considera la evolución aeronáutica hacia el diseño de aviones gigantes que busquen ahorro en combustibles. Si hubiesen buenos urbanistas capitalinos, hace rato ya deberían haber planificado despejar de la ciudad todo esa cantidad de oficinas públicas diseminadas por todas partes y que complican la vida a quienes deben de vivir en la tela de araña de trámites. Pero más bien son masoquistas y se aferran a su asfixia impidiendo que la Función Legislativa se quede en Montecristi. Prefieren seguir en su asfixia.

Y ganaron su batalla aérea escogiendo un lugar ya irreversible. Rafael Correa lo quiere solamente es que la concesionaria no reciba tantos beneficios como parece que recibirá, tras los oscuros entuertos mediante los cuales el proyecto se inició contra viento, lógica y auto financiamiento. Electoralmente no se atreve a parar la construcción de ese elefante blanco que terminará pagándolo el Estado. Es por ese lado que así de pronto, aparecen nuevos ímpetus por parar la obra en Quito. Nunca fue Guayaquil quien se opuso al nuevo aeropuerto de Quito. Guayaquil nunca se opuso a nada, sino que se empeñó y fracasó en el intento a construir un aeropuerto transcontinental que debió estar funcionando hace más de una década, si queríamos evitar que Lima lo sea, como realmente ahora así resulta en esta orilla del Pacífico frente a una China agigantada. Y para colmo de esta fanática forma de ejercer el centralismo, la flamante Junta Cívica de Quito, se forma para evitar que las funciones del Estado salgan de una ciudad caótica por un tránsito que cuesta un dineral a toda la república. Deberían pensar y alegrarse de que las Funciones Legislativa y Judicial descongestionen a Quito, y, por Dios, que no las manden a Guayaquil porque aquí ya tenemos nuestros propios problemas, y Rafael Correa es el principal de ellos.