Quisiera interrumpir por algunos minutos el flujo de amargura de estas páginas, y no por no sentir yo las preocupaciones que viven Ustedes en su piel cada día. Me parece muy importante, hoy, quedarse aprovechando de un momento de verdadera y profunda felicidad por la liberación de aquella preciosa mujer que es Ingrid Betancourt.

Su historia ha sido nuestra historia. Estuvimos con ella en los pensamientos, sufriendo por sus fotos y sus cartas, por lo demás imaginando. Seis años y cinco meses sin nada.

Me interesa, quisiera conocer a la mujer en que se ha convertido. Estoy convencida de que el sufrimiento otorgue una belleza especial a las personas que saben aceptar su desafío y mirarlo a los ojos. Hoy Ingrid me pareció bellísima. Cansada, claro. La lucha demasiado dura cansa a las personas inteligentes. Me imagino cúantas veces ellas se habrá encontrado frente a si misma preguntándose: ¿para qué? Y me imagino ahora el valor inmensurable que tendrá para ella cada abrazo de su madre, cada caricia de sus hijos, cada mirada de su marido.

Es una oportunidad maravillosa la de tener una segunda oportunidad. Volver a nacer. Empezar de nuevo sabiéndolo todo. Estar seguro de que nada podrá jamás ser peor de lo vivido.

En las fotos, Ingrid muestra una dulzura que no tenía antes, la de quien ha tenido que bajar su cabeza frente a decisiones tomadas por otros, sin discutir. Han sido seis años de humildad, sin palabras, sin lujo, en un mundo que quizás antes ella podía a penas imaginar.

Suerte, Ingrid. Ahora sí espero que tu país sepa entender a la persona muy especial que, a pesar de todo, sigue con su sueño de gobernarlo en una nueva realidad de paz. No solamente él te necesita, sino todos nosotros, para aprender de tu silencio, tu dignidad y tu fuerza a ser personas mejores.