Guayaquil vive una dramática disyuntiva política creada estratégicamente por Rafael Correa. Arrancó a Guayaquil del contexto nacional y la puso como el centro de los males, usando su verborrea y su real dictadura de hecho para desintegrar la capacidad de acción municipal guayaquileña en cuanto a la prestación de servicios.
Correa no es anti guayaquileño, pero si por sumar poder absoluto tiene que incendiarlo, lo hare sin pestañear siquiera. Las acciones apuntan a eliminar al personaje Nebot del escenario, y por eso cerró los caminos de diálogos posibles, que si los mantuvo abierto con Quito. Salgo así al paso a la entrega “Falso Dilema” (Universo 7 de junio) de Xavier Flores Aguirre. El dilema es real, evidente y dramático. El columnista hace muchos malabares literarios para confundirse aun, de la que todos ya lo estamos, en la comprensión de una situación inédita para los guayaquileños. Jamás antes habíamos vivido un ataque provocado tan consistentemente contra la ciudad y sus logros, simplemente por el hambre política de un Presidente obstinado por dominar absolutamente todos los escenarios, incluso el de princesita de Navidad, según él mismo lo confiesa como una de sus únicas frustraciones de protagonismo que no ha visto culminada en cuestión de liderazgo. A la hora de la hora, la tumba de Napoleón le quedará pequeña para guardar tantas bandas de grandeza.
Bueno hubiese sido que Correa no hubiese agarrado del cogote a Guayaquil para sustentar su vértigo político, y poner a la ciudad como instrumento de su estrategia política. Se hubiese avanzado más y mejor en bien del todo, si se hubiese manejado el municipalismo exitoso sumando iniciativas y diálogos en vez de alimentar las discordias. En estas circunstancias, ser críticos de la acción municipal guayaquileña, como columnista de un medio es simplemente una actitud poco constructiva que no logra ocultar simpatía por el correísmo.
Yo hubiese querido vivir un escenario político diferente, porque si creo que a la actual administración municipal guayaquileña le estaba llegando la hora de un relevo generacional pausado y sereno. Con aplausos, con grandes aplausos, con una lista de temas pendientes que siempre los habrá, pero con grandes logros a su favor fruto de ese “amanecer liberal” que modernizó a la ciudad, debía continuarse el proceso democrático sin perpetuaciones y presentando paulinamente nuevos personajes. Pero ahora, y sin beneficio de inventario lo repito, hay que alinearse no con Nebot, sino con Guayaquil, por la sed de poder de Rafael Correa. Es así que se ha formado el real dilema. No se trata de un falso dilema como titula Xavier Flores su entrega. Estamos en la hora de aceptar o no un modelo estatista y centralismo para manejar a Guayaquil, o seguir empujando hacia ese sueño autonomista que permita el desarrollo de los pueblos acorde con sus propios esfuerzos. Lastimosamente los jóvenes parecen haber olvidado, la evolución histórica del cabildo guayaquileño, desde la época de las dictaduras militares petroleras, pasando por el vandalaje bucaramista, y a las consecuencias nefastas de un centralismo estatista que ahora vuelve a amenazarnos con ese híper protagonismo autoritario de Correa.
