Estamos gritando frente al mar sin recibir ni un eco de respuesta. Estamos gritando frente al mar a un barco lejano que pasa por el horizonte; a una gaviota que no detiene su vuelo; a una ola que no afecta su ritmo. Somos un coro de independientes y autonómicos que pretendemos llegar a solistas, a ratos pasando por pacatos. Somos, en fin, parias políticos que sin un andar acompasado y sin dirección claramente marcada intentamos llevar una plástica banderita de protesta hasta los sordos oídos de quienes nos estropean cada día y desde hace un año.

Este constante jorobar al que nos tienen sometidos nos hace reaccionar. Cada uno a su modo intenta protestar por las patadas recibidas en partes pudendas, por los puñetazos en el rostro, por las descorazonadoras formas de “hacer País”. Cada guayaquileño es su propio grupo de “a uno”. Nos disparan desde todos los ángulos y la reacción, nuestra reacción, sigue siendo la misma. Arribamos a una natural conclusión: Vociferar no sirve para nada. Vociferar “in situ” es inútil es marchar en el propio terreno.

Cada día que pasa surge una nueva forma de coartarnos el desarrollo.

¿Será por envidia?

¿Será por traumatismos mentales?

¿Será por resentimientos Personales?

¿Será…? ¡Vaya usted a saber porqué será!

No vale la pena preguntar o preguntase. Lo importante son los hechos.

En todo caso, sea por el motivo que sea, Guayaquil debe dormir con un ojo abierto. Las situaciones presentadas en el día a día van terminando con las razones. Esto me recuerda aquella vieja frase de los vicentinos: “cuando las razones terminan, se usa la raja de leña”.

A nuestra manera de ver para lastimar a Guayaquil y su fuerza se utiliza –desde las alturas y Montecristi- la vieja táctica del niño inquieto que, frente al padre, pisa los callos, cada vez con más fuerza, a fin de saber cuando se enfurece y le mete una paliza.

De otra parte, desde nuestra cómoda posición del grito descomedido, del hacer opinión al andar, del esperar a que otros lo hagan, nos convierte en usuarios de aquel concepto de “la paciencia es más poderosa que la fuerza”. Cierto es. Pero la paciencia no es inmovilidad, ni tan siquiera prudencia. Hasta Job –el más paciente ejemplar de la historia bíblica- se dio de golpes con el ángel.

Creemos (pensando en una revisión de lo adecuado) que, quizá, debemos utilizar aquella estrategia china “cruzar el cielo sin que el enemigo lo note”, colocarnos a su espalda y buscar otros blancos. O usar la antigua táctica de “las tenazas” atacando los flancos.

Estamos convencidos que, al momento actual, Guayaquil debe contra-atacar con los conceptos guerrilleros de Cassius Clay: Ágil como mariposa. Picar como avispa. Golpea y retírate.

Hoy por hoy Montecristi es ciudad calvario (por monte, por cristi y también por ese todos dueño de la Patria) desde dónde los arqueros mal entrenados y mañosos disparan sus flechas mirando al suelo ¿Será por eso que no aciertan una?. El blanco está en Montecristi. Si todas las Provincias –que nos dicen están legítimamente representadas- hicieran la lista de los han que abdicado de sus votos, traicionado los principios de sus votantes y amañando y amordazando sus sueños o, simplemente, los tontos útiles que medraron de sus Municipios y ahora muerden la mano que les dio de comer, entonces tendríamos un hermoso menú de traición a la carta que no lo solicitará ni su familia.

La estrategia debe ser modificada. Las tácticas tienen que ser más veloces, ágiles y particularizadas. Los movimientos silenciosos. Los pactos covergiendo en un liderazgo. Y, por sobre todo, re encontrar a la ciudadanía con su verdadero civismo: aquel que pone el pecho por días mejores para si mismo y para sus generaciones posteriores.