El mercado depende del medio en el que se desenvuelva.
Un claro ejemplo de esto fue el aparecimiento del mercado de las comidas rápidas o «fast food» en Estados Unidos, en la década de 1950, como respuesta a una necesidad creada por el repunte socio-económico de posguerra que requería de la «optimización» de los tiempos de producción y de comercialización. No se dio por creación espontánea ni fue capricho o moda. Para la década de 1970, este tipo de negocio ya había hallado nichos en todo el territorio estadounidense y hasta trascendió sus fronteras.
La competencia que generó este fenómeno llevó a la potenciación de estrategias de mercado (del mercado estadounidense, tomar en cuenta). Entonces, la «optimización» se dirigió no sólo a los tiempos de producción y comercialización, sino a otras áreas del negocio, como las de gastos, recursos humanos y publicidad.
Entre las estrategias de optimización, y para atraer más clientes, se disminuyó el personal de atención en el salón, haciendo que el cliente mismo deposite sus desperdicios en el tacho de basura. Esta táctica tiene su lógica económica y comercial: «Yo te bajo los precios, tú me ayudas con los desperdicios». Es una relación ganar-ganar. Luego, esta estrategia se convirtió en costumbre, tanto así que ya es parte de la forma de ser de los estadounidenses.
Es decir, si bien ahora ésta es una costumbre, no nació de la urbanidad y las buenas maneras, como podemos pensar los hispanoamericanos, sino que nació de lo comercial.
En nuestro país en esos mismos días, se acostumbraba a almorzar en casa y los hijos colaboraban con las tareas del hogar: recogían la mesa, lavaban los platos, limpiaban el comedor, etc. Hoy por hoy, aún se mantiene esa buena costumbre en la mayoría de hogares. Comer afuera era para de vez en cuando y en un restaurante, y si se volvía habitual, se lo hacía en familia.
En los años 70, Ecuador no acababa de consumir la energía que le proveyó la Alianza para el Progreso y su subconsciente todavía estrechaba esa mano con barras y estrellas; la migración de ecuatorianos a EE.UU. aumentó: algunos compatriotas regresaron, otros transmitieron sus experiencias. El nacionalismo petrolero no era antiyanki ni tan nacionalista, así que no era mal visto que se adoptaran costumbres foráneas.
En los 80, comenzaron a llegar franquicias extranjeras, y con ellas se transpolaron costumbres sin asidero social ni económico. Los negocios norteamericanos de comidas rápidas importaron a Ecuador sus estándares de calidad, y los ecuatorianos confundimos los avances tecnológicos y comerciales con la urbanidad y las buenas maneras: pensamos que ese llamado a «dar haciendo» (hermosa construcción lingüística mestiza) el trabajo a nuestro proveedor de servicios era como cuando colaboramos en casa.
Los negocios extranjeros no llegaron con precios populares, como son en EE.UU. Sólo trajeron su simplificación en el servicio al cliente, con la que reducen costos de operación «optimizando» la contratación de personal: dan trabajo a menos individuos, pero igual mantienen sus precios altos... es decir, no hay esa relación ganar-ganar, el dando-dando que se propició en su lugar de origen ni la compensación social a la que están obligados.
Es que, en Ecuador, la lógica del mercado no sirve. Los empresarios nacionales (con franquicias extranjeras o no) cobran precios exagerados por sus servicios y productos, pero siguen recomendando al cliente que les «den haciendo» su trabajo... sin compensación alguna. Los ingenuos ecuatorianos, creyendo que esto es cuestión de urbanidad, cedemos a estas malas prácticas.
No podemos copiar modelos económicos o comerciales extranjeros sin tomar en cuenta las diferencias sociales, históricas y de idiosincracia entre un país y otro; muchas veces, ni siquiera sirven esas adaptaciones resultado de sesudos análisis de mercado, que más parecen el guión de una película china traducido al español por pescadores escandinavos.
