Sobre el tema de la PDD hay una pregunta clave: ¿Cuándo comienza la vida humana? La Iglesia afirma, con la Ciencia de hoy: La vida comienza en la concepción.
Pero, ojo, esta afirmación no es un dogma religioso, aunque la Iglesia lo sostenga. Si el Papa dice que 1+1= 2, esta verdad es una verdad científico-matemática; y no pasa a ser una verdad religiosa porque el Papa la defienda. El que la vida comienza cuando se unen el óvulo y el espermatozoide es un hecho, constatado y sostenido por la Biología, concretamente por la Genética. Quien sostenga lo contrario no se las tiene que ver con la Religión, sino con la Ciencia.
Soy un cura; cedo la palabra a un científico. Jerome Lejeune, descubridor del trisomía 21 o síndrome de Down, profesor de Genética de la Universidad de Paris.
Lejeune dijo[1] que en cuanto los 23 cromosomas del espermatozoide se encuentran con los 23 cromosomas el óvulo, toda la información necesaria y suficiente esta allí, reunida en el ADN (Ácido Desoxiribo Nucleíco) para determinar todas las cualidades de un nuevo ser humano. No se trata de una opinión, de un postulado moral o de una idea filosófica, sino de una verdad experimental.
La fecundación in vitro – con la que no concuerdo, dijo Lejeune – lo ha demostrado: si antes, en la probeta, no es un ‘bebé’ ¿para qué, entonces, implantarlo en el útero? Si el ser humano no comienza con la fecundación, no comienza nunca. Ningún científico informado puede indicar un solo dato objetivo posterior a la constitución de un nuevo ADN como hecho del que dependa el inicio de una vida humana.
Los médicos que dicen lo contrario, enseñaba el genetista francés, emanan una opinión, quizá muy extendida, pero jamás será una conclusión científico-experimental. El endometrio no genera al ser humano; lo recibe y lo nutre. Afirmar que la vida humana comienza después de la fecundación, no es científico. Es una afirmación arbitraria, fruto ideologías o intereses ajenos a la Ciencia. El cigoto, fruto de la fusión de las dos células germinales, es un individuo distinto del padre y de la madre, con una carga genética que tiene el 50 % de cada uno de los progenitores”. Hasta aquí el genetista francés.
Por esto, si se quiere determinar indiscutiblemente la paternidad de alguien, es decir, su origen (¿quién es tal persona?), se acude, no al incierto momento de la implantación, sino al hecho incuestionable de la fusión del ADN del padre y de la madre; porque la filiación no viene determinada por la anidación, sino por la fecundación.
Por esto la policía depende del ADN para identificar infaliblemente a cada persona, no de la implantación; por esto los ejércitos del mundo han cambiado las tradicionales medallas de identificación por el análisis del ADN de sus soldados y no han acudido a la implantación. Cada soldado caído en batalla podría decir: “He muerto. Soy el que comenzó a vivir cuando mi ADN se originó con la fusión del ADN de mis progenitores. Mi ADN de hoy, que demuestra que yo soy yo, es el que me transmitieron mis padres cuando me dieron mi vida, en el momento de mi fecundación. Allí esta el origen de mi existencia. Mi historia comenzó en el ADN que hoy ha dado testimonio de que yo soy yo”.
Defender que la vida no comienza con el ADN, con la concepción, es una arbitrariedad de la OMS, de ciertos Parlamentos, de los médicos abortistas y de los laboratorios que producen abortivos, como arbitraria fue la decisión de Hitler de negar estatuto humano a los judíos, a los negros o a los enfermos.
Por lo demás, el término ‘preembrión’ – usado en el Proyecto de Constitución de la Constituyente – no tiene fundamento científico; porque es la fecundación el momento en el que se genera una nueva vida humana con su propio ADN, el código irrepetible y original de cada vida humana. Lo único que existe antes del embrión y de su ADN son las dos células germinales. El que rechace esto, no rechaza un dogma religioso, sino una verdad científica.
A los laboratorios que comercializan la pdd no les conviene presentarla francamente como abortiva porque muchas mujeres, entonces, no la tomarían. Los laboratorios, camuflan su seguro efecto abortivo (impedir la implantación el embrión, lesionando severa y prolongadamente el endometrio) en los posibles efectos anovulatorio (impedir la ovulación, si aún no se ha producido) y anticonceptivo (impedir la fecundación, produciendo una barrera entre los espermatozoides y el óvulo), y así logran ahorrar a las mujeres que toman la pdd, para ‘resolver su problema’, la carga moral de haber eliminado a su propio hijo.
Más aún, la presentan como antiabortiva, porque – dicen los que la venden – con ella se evitan millones de abortos. Pero, en realidad, ‘el pez por su boca se condena’, se han provocado tempranamente millones de abortos… Decir que con la pdd se está evitando abortos es un disparate tan grande como el de quien dijese que ha evitado el asesinato miles y miles de ancianos enfermos porque los he eliminado, antes, cuando son niños.
No cabe duda, la pdd, difundida masivamente, se transforma en un auténtico pesticida humano. En mundo Nacionalsocialista se queda chiquito respecto al mundo actual... Dice el Papa: Bastaría la sola probabilidad de encontrarse ante una persona para justificar la más rotunda prohibición de cualquier intervención destinada a eliminar un embrión humano (EV 59). ¡Nadie enterraría a una persona si hay una sola posibilidad de que esté viva! ¡Nadie mete una retroexcavadora en los escombros de un terremoto si sospecha que hay debajo un ser humanos vivo aprisionado! ¡Pero los abortistas sí!
