“No existe en el País la suficiente cantidad de botes de goma”, “la culpa es de los anteriores que no hicieron el mantenimiento de los canales”, etcétera, etcétera, etcétera.

¡Tanta inutilidad!

Para la primera aseveración –que garantiza la ineficiencia ministerial- bastaba con ordenar un avión de las Fuerzas Armadas y comprar los botes en Colombia o Perú en donde dicen que existen en cantidad suficiente.   No había que dejar pasar tres semanas o un mes desde que se produjo la inundación, para salir a decir que “no hay botes”.

Para la segunda aseveración –que también garantiza la ineficiencia burocrática-. Ha pasado un año desde que se sentaron en el cargo y no es tiempo de estar endilgando culpa a inútiles anteriores.    Pensamos que, si el Presidente es un Ejecutivo, debe rodearse de personas ejecutivas y no de sensualistas de cuentas que se pasan verificando, todas las mañanas, si la pierna que les amputaron hace veinte años aún continúa pegada a su ingle.

Mientras la burocracia cuenta y no decide, mientras elucubra y no soluciona, mientras dulcifica su estadía en el cargo y se maquilla para las fotos, gran parte de este Ecuador –que aseguraron, y aseguran a cada momento, ya es de todos- se está ahogando en cenizas volcánicas o en agua excedente.   Bien haría el Presidente en mandar a su casa a unos cuantos que no participan de su velocidad, o, que son obsecuentemente obedientes no deliberantes, o, que se preocupan de dorar la píldora para justificar sus impertinencias burocráticas.

La inutilidad y la ineficiencia son tanto o más repulsivas que la corrupción.   La inutilidad es una enfermedad cerebral.   La ineficiencia es, también, una forma de corrupción flagrante.

No somos los ciudadanos los que tenemos que preguntarnos.   Son las altas esferas la que deben cuestionarse el porqué de tanta ineficiencia en CEDEGË, en CORPECUADOR, en el Ministerio del Litoral y en todas aquellas instituciones que tienen que ver con las emergencias.   Si las anteriores administraciones han sido cuestionadas, porqué en esta -que es verdadera- campea, olímpicamente, el Jurasic Park mental con toda su fauna.

Si el hijo se corta la cara, el padre lo lleva inmediatamente a la clínica para que sea curado y suturado.   Después se preocupa del costo de la atención médica.  

¡Una emergencia, es una emergencia!

Si los compatriotas se están ahogando con agua o polvo, si el ganado se muere o asfixia, si las casas se destruyen, si los ríos se salen de curso, si los volcanes se les ocurre eructar, si el Gobierno declara una emergencia (como debe ser en este caso), lo natural, lo intuitivo, lo racional, lo humano es actuar sobre la marcha y no sentarse a pensar en la inmortalidad del cangrejo, ni en los huevos del gallo, o, en contar o los muertos, o, en conocer cuantos opositores están damnificados.   Simplemente hay que actuar con soluciones.   Los seres humanos están sobre el precio del petróleo o las mentiras televisivas.

¡Una emergencia es una emergencia!

La situación bien vale una frase para el Presidente: Ocupe a los mejores ciudadanos porque ya pasó el año de las cancelaciones políticas.   Ahora hay que resolver.