A momentos, los ciudadanos pensamos que nos estamos acostumbrando a una ciudad en regeneración que se acerca a la rutina urbana.   Suaves y aisladas voces ya lo han mencionado y, quizás no es el momento más apropiado para decirlo, pero, creemos es justo en este momento –tan político y politizado- que hay que salir a decirlo por las mismas razones que escudan a Guayaquil.

Es justo ahora, mientras fraguamos una defensa de las concepciones y filosofías políticas que se acuñan en este territorio (demostradas en la praxis y no en la teoría), cuando debemos hablar de nuestras debilidades urbanas para convertirlas en fortalezas de uso, apoyo y opinión.

Decimos que la ciudad regenerada se acerca a la rutina urbana.   Esta aseveración no la realizamos al azar.   Es cuestión de observar.   De caminar.  De salir del sector en que habitamos.   En fin, de conocer y reconocer nuestra Ciudad con ojos de niño curioso y ciudadano crítico.

La repetición a la que estamos asistiendo, en muchas de nuestras realizaciones de regeneración urbana, nos indica que los diseños aplicados se están volviendo una querencia para los gestores de los proyectos.

Asumimos, por positividad de pensamiento, que el o los equipos empiezan a acusar fatiga.   Esto es un fenómeno natural y humano cuando, pasados un tiempo de hacer lo mismo (cinco años dicen expertos como Drucker), los humildes mortales debemos ser removidos, desplazados o movilizados vertical u horizontal mente -según el principio de Peter- a fin de no caer en la antiquísima trampa de la sabiduría inamovible, la costumbre y la comodidad.

No es la sabiduría la que permanece o se vuelve inmóvil.   Somos nosotros. 

El desarrollo está en el cambio.

Pero, y además, la rutina de diseño causa la desorientación ciudadana (parece todavía no ocurrir en Guayaquil); la desorientación causa inseguridad sicológica y, ella, la falta de participación, apego y sentido de la propiedad sobre el espacio público.   Pensando así, la responsabilidad de los equipos diseñadores crece proporcionalmente a la apatía ciudadana. 
   
Aburrimiento urbano es símil de pérdida de la memoria urbana.

Debemos tener muy claro que usar el espacio público no es lo mismo que participación ciudadana.   Lo primero es cuestión de conveniencia.   Lo segundo es compromiso de pensamiento y acción.

El primer campanazo de alerta y actuación es la participación ciudadana, amplia y democrática, que se está auspiciando a través del Mandato de Guayaquil.   Este acto de riesgo electoral y atractivo cívico resulta en una innegable participación masiva y coherente sobre un acto determinado: la expresión de la voluntad popular de la Ciudad frente a una amenaza.
 No importa cuál sea el resultado del Mandato frente al voto del coro asambleísta.   Lo importante será el fortalecimiento producido en la ciudadanía guayaquileña que, ahora, merecerá con mayor derecho una intervención más directa en los hechos urbanos.

En conclusión.   La Municipalidad debe integrarse a la comunidad, no a la inversa.   La Municipalidad debe incentivar (concursos de ideas, de proyectos, encuestas dirigidas, tribunas abiertas, etc.) la intervención del ciudadano, individual o colectiva, sobre el diseño, expresión y personalidad de la Ciudad, sus barrios y sus ciudadanos.

Lo maravilloso de la actividad urbana es la amenidad de una escenografía con personalidad y una coreografía humana llena de individualidades expresivas e improvisaciones escénicas.   La ciudad es un telón de fondo, los seres humanos somos sus actores.