Opinión

Un episodio del Internado de Medicina

Eran como las cinco de la mañana.  Estaba haciendo el internado de medicina en el Hospital Luís Vernaza  y la noche anterior  había hecho  veinte y cuatro horas de guardia en la Clínica Guayaquil.
Llevaba casi cuarenta y seis horas sin dormir y estaba con sueño,  hambre y frío.
Me había tocado estar en el área crítica de cuidados intensivos y en la sala de admisión estaba mi querido amigo Roberto Freile.
Nos encontrábamos muertos de sueño y deseando que se acabe la guardia para poder dormir.
De repente oí ruidos de gente que traía una camilla con un hombre     tendido en ella que no podía moverse.
Sus brazos y piernas colgaban inmóviles, mientras los camilleros tenían que acomodar sus inertes cuatro extremidades dentro de la camilla para que no se cayeran al suelo.

Roberto recibió al paciente mientras yo regresaba a la sala de terapia intensiva. A la media hora dos camilleros entraban al enfermo a mi sección.  Encima de sus piernas traía un expediente que decía: Paciente N.N., sin familiares.- Traído  por un patrullero de la policía.  –Posible diagnóstico: a) hemorragia cerebral b) accidente cerebrovascular c) cuadriplejía.
Tratamiento: pasa urgente a cuidados intensivos.
Pronóstico: grave.

Estaba que se me cerraban los ojos. Con el diagnóstico hecho por  Roberto que para mí era inobjetable, puesto que era uno de los mejores estudiantes de la Facultad de Medicina, procedí a ponerle una venoclisis y apliqué un tratamiento farmacológico intensivo.

Pasado el susto y el paciente aparentemente controlado, me puse a conversar con mi compañero Milton Aguilar.
A los quince minutos de tertulia, Milton me dijo: -¡mira Miki! -¡el de      la hemorragia cerebral no respira bien!  -¡vamos a verlo!-
Efectivamente, su respiración a cada instante era más profusa y lenta; se tornaba casi imperceptible.
-¡Raudo y presuroso Milton me dijo: -¡Miki  hagamos una traqueostomía de emergencia!-.
Inmediatamente movilizamos a todo el personal.
Para entonces despiertos por el susto, nos pusimos los guantes y bisturí en  la mano, procedimos a realizar la medida salvadora.
Entre luces, pinzas, preocupaciones y tubos de traqueostomía, la intervención quirúrgica duró media  hora.
Después de realizada la cirugía,  nos dispusimos a esperar el cambio de guardia.

Teníamos que hacer un informe de entrega de novedades a nuestro médico  residente  que  era  el Dr.  Ignacio Hanna.  Buen amigo,   inteligente y uno de los mejores galenos del país. Ignacio era nuestro amigo, pero así mismo, profesionalmente era muy estricto y académicamente implacable, por lo que no admitía dudas en el diagnóstico y la terapéutica de los pacientes que estaban bajo su responsabilidad en la sala de terapia intensiva.
Llegado el momento, el Dr. Hanna  con la voz grave que tenía dijo: -¡a ver Palacios  y Aguilar!  -¡vamos a examinar al cuadripléjico!.

Todos los internos nos pusimos alrededor de la cama del enfermo.            Permanecíamos estáticos, mudos y temerosos por alguna crítica a  nuestro tratamiento y especialmente por la traqueostomía.
-¡A ver Palacios!  -¿cómo empezó ésta cuadriplejia?  – dijo Ignacio  en tono autoritario.
No bien acababa el Dr. Hanna de pronunciar esto, cuando el cuadripléjico comenzó a rascarse la cabeza.
Luego movió la pierna derecha y a continuación la izquierda, para luego abrir los ojos y tratar de levantarse de la cama.
Todos agarramos al paciente para que no se levante y después de sujetarlo, Ignacio le dijo      que hable.  Para hacerlo le puso un pedazo de gasa en el hueco de la inmaculada traqueostomía que le habíamos hecho.
Entonces con vos fuerte y distorsionada el cuadripléjico gritó: -¡qué pasa carajo!…-¿que me han hecho?-,  -¡anoche estaba chupando en una cantina y me quedé dormido en la calle!… ¡qué hago aquí carajo!  ¡qué pasa carajo!.

Después de esa metida de pata; Ignacio nos dio la repelada de nuestras vidas  y gracias a Dios al pobre hombre no le pasó nada.

Lo que había sucedido es que Roberto estaba muerto de sueño y         pensó que yo iba a examinar al cuadripléjico adentro, y yo que estaba muerto de     sueño adentro, pensé que Roberto lo había examinado afuera.

Sea como sea,  así fue la historia del famoso cuadripléjico, al que le hicimos una traqueostomía de emergencia y resultó que estaba borracho y luego tuvo el chuchaqui de su vida.  

0 Comentarios

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    viridiana crisanto

    Quisiera estar en el hospital… en un año pasará eso. ¿que es chuchaqui?

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    jajajaja que risa… queda de experiencia que no nos podemos confiar en lo que digan los demás, constatemos que las cosas sean veridicas… pero de estas cosas se aprenden…:)

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    Que bueno me encanto la anecdota.

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