El faraón Amenofis IV, fue el primero en unir estas ramas, alrededor de 1376 antes de Cristo, introduciendo una nueva religión solar, proclamándose hijo del dios sol Atón y adoptando el nombre de Akenaton. Esa fase pasó y las cosas volvieron a la normalidad.
Voegelin refiere que, pasando a la era moderna, se rechaza la base divina del poder político y fueron separándose gradualmente, como era lógico, la Iglesia y el Estado, pero empezó gracias a la separación de las Iglesias cristianas, una sacralización de colectivos, como raza, estado y nación. El hombre empezó a encontrar conocimiento y a buscar sentido en el mundo, a través de la ciencia. Aparecen ideologías y partidos totalitarios. Concluye su libro con un Akenatón modernizado como el “Führer” (Hitler) iluminado por el sol irrumpiendo a través de las nubes sobre la gran Alemania: “El dios habla sólo al “Führer” y se informa al pueblo de su voluntad por mediación suya.”
Christopher Dawson, intelectual católico, no tuvo miedo de enfrentar a los matones nazis e insistía en que, a diferencia de los protestantes, los socialistas intentaban también eliminar la propia religión: “Esta decisión de edificar Jerusalén inmediatamente y aquí, es la misma fuerza responsable de la intolerancia y la violencia del nuevo orden político… si creemos que se puede instaurar el reino del cielo a través de medidas políticas y económicas, que puede ser un estado terrenal, entonces difícilmente podemos poner objeciones a la pretensión de un estado de ese género de abarcar la totalidad de la vida y exigir la sumisión total del individuo…”
Voigt, en su libro “Unto Caesar”, compara los tolitarismos con las religiones: “Nos hemos referido al marxismo y al socialismo como religiones seculares. No son cosas opuestas, sino fundamentalmente emparentadas, tanto en un sentido religioso, como en un sentido secular. Ambos son mesiánicos y socialistas… y ambos ven en el bien y en el mal principios de clase o de raza. Ambos son despóticos en sus métodos y en su mentalidad. Ambos han entronizado al César moderno... y ambos ofrendarían a ese César las cosas que son de Dios. Ninguno de ellos querrá saber nada de un reino que no sea de este mundo.”
George Bernard Shaw decía que “el salvaje se inclina ante ídolos de piedra y madera; el hombre civilizado ante ídolos de carne y hueso” lo que llevó al sociólogo francés Raymond Aron a decir: “Me propongo llamar religiones seculares a las doctrinas que ocupan en las almas de los contemporáneos el lugar de una fe desaparecida, y que sitúan la salvación de la humanidad en este mundo, en el futuro lejano, en la forma de un orden social que hay que crear. Esto explica ciertos fanatismos, como la gente que adora a un artista o jugador, o a un grupo musical o a un equipo de fútbol, o a ciertas personas de religiones modernas o de la llamada “New Age”.
El sociólogo estadounidense Robert Bellah hablaba de la identidad norteamericana como una religión cívica consistente en creencias, rituales, espacios sagrados y símbolos que “tiene por objeto que Estados Unidos sea una sociedad tan pefectamente de acuerdo con la voluntad de Dios, como los humanos puedan hacerla, y una luz para todas las naciones.” Los principales elementos de esa religión civil se han vertido en piedra, en grandes monumentos sobre todo en Washington. Explica también diversas expresiones mesiánicas de su Presidente, o del ex primer ministro inglés. Bellah insiste en que: “La idolatría es, en realidad, la antítesis de la apertura y la flexibilidad que son necesarias para que las sociedades se encuentren entre sí en un campo global de influencia y comunicación que esté abierto a las propuestas de todos los bandos y también al futuro,”
El primero que habló de “Religiones políticas” fue Tommaso Campanella, fraile dominico nacido en 1568, de quien el Socialista Máximo Gorki hizo leer al exilado Lenín un tratado utópico titulado “La ciudad del sol”, escrito en 1602, en el que relata que el poder supremo residía en un sumo sacerdote, llamado el “Metafísico” o “Sol” que tomaría todas las decisiones importantes y actuaría como juez inapelable. Lo ayudarían otros 3 sumos sacerdotes llamados Pon (poder), Sin (sabiduría) y Mor (Amor). Los bienes y la vida se poseían y disfrutaban en común; las relaciones sexuales estaban reguladas, teniendo lugar de acuerdo con complejos cálculos astrológicos. La homosexualidad estaba proscrita. La primera falta era castigada haciéndolos desfilar 2 días con un zapato colgado al cuello, la recurrencia era castigada con la muerte. A los que ofendían a la República, a Dios o a los funcionarios del Gobierno eran condenados a morir, a través de la hoguera o la lapidación.
Los escritos de Campanella volvieron a adquirir vigencia en la Europa convulsionada por la Revolución francesa. Wieland apoyó la revolución francesa como una oportunidad de llevar a la práctica los principios de la Ilustración, pero pronto se decepcionó al ver que la soberanía del pueblo, había acabado, surgiendo una tiranía imperialista. Comprendió que la soberanía democrática era una “bestia de un millón de cabezas”, porque los que se creían con capacidad de gobernar no aceptaban que otro gobierne. Se adoraban los ídolos de la libertad e igualdad con un grado tal de intolerancia, que a Wieland le recordaba a Mahoma y a los teodosianos: “El que no esté con ellos, está contra ellos. El que no considere las ideas de libertad e igualdad las únicas verdades, es un enemigo del género humano o un esclavo censurable” y sólo los que tenían el poder podían juzgar si la persona estaba o no con ellos en forma inapelable.
Esta forma de convertirse caudillos en semidioses, ha llevado a dos cosas, a que parte del pueblo los idealice y a que algunos de ellos se sientan dioses o enviados de ellos.
Debemos cuidarnos de este tipo de personas. Pueden llevar al caos a una nación, sin siquiera percatarse del daño que hacen. Su soberbia es tan grande que rebasa los límites de lo imaginable. Si esa persona, a su ego agigantado une la capacidad de la demagogia y el hipnotismo a las masas por su manera de presentarse y hablar, una cantidad apreciable de personas se darán cuenta del daño cuando ya es demasiado tarde.
