Opinión

Viva el Rey

Cuando llegué a Barcelona para hacer mi postgrado de Psiquiatría, en el otoño de 1980, arrendé una pieza en un apartamento muy cercano al Hospital Clínico. A la entrada del apartamento estaba colgado un cartelito que decía: "En català, si us plau" (en Catalán, por favor), y ¡válgame Dios lo bien que hacían valer la nacionalista leyenda! Mi casera y sus 3 hijos adolescentes no hablaban otra cosa que catalán, excepto a mí, recién llegado, que ya había sido cortésmente aleccionado que seguro aprendería con prontitud y facilidad la lengua de mis ancestros, ya que "tú también eres catalán" (ecos lejanísimos de mi apellido materno). Pues bien, idioma catalán a todas horas, sardanas lo domingos y hasta noticias y periódicos en catalán, fueron mis primeros momentos en esa casa. Pero lo que no entendía era cómo la buena doña conjugaba nacionalismo tan extremo con una veneración casi religiosa y entusiasta a "Su Majestad Don Juan Carlos". Con la confianza que dan unas semanas de convivencia, terminé preguntando por ese misterio, y la respuesta fue más o menos la siguiente: "Es que con la muerte de Franco murió Franco, pero al rey le debemos que haya muerto el franquismo. Gracias a él volvimos a ser catalanes".

Por experiencia propia, el 23 de febrero de 1981, entendí lo que significa Don Juan Carlos para los españoles, y desde entonces compartí el entusiasmo de la buena matrona -cuyo nombre ya he olvidado- por el rey de España. Fue Juan Carlos, quien tras asumir la Jefatura del Estado Español al ser proclamado rey, dos días después de la muerte de Franco, en Noviembre de 1975, contra todo pronóstico optó por la democracia y mató definitivamente una dictadura de 40 años. Juan Carlos inauguró en España la libertad de prensa y expresión, liberó a los presos políticos, legalizó a los partidos, incluyendo a los tradicionales proscritos: el Socialista y Comunista. De manera inteligente y hábil, propició cambios progresivos, pero firmes e irreversibles para consolidar la democracia y la efectiva tolerancia, en un país donde sacarse los ojos y destripar al vecino fue el estilo de enfrentar las diferencias.

El 23 de febrero del 81, la democracia en España tuvo su prueba de fuego. Aún tibio el cadáver de Franco -a 5 años de su muerte-, el coronel Antonio Tejero dio un golpe de estado. Se tomó el Parlamento y secuestró a los diputados. Hubo disparos y diputados apuntados al cuerpo, mientras las cámaras de TV descubrieron a Santiago Carrillo, Secretario General del Partido Comunista Español, escondido bajo una mesa. Todos en España, desde la TV vimos asombrados los hechos insólitos. La caída de la democracia y el advenimiento de un neo-franquismo eran inminentes. España, junto a la mayor parte de las Fuerzas Armadas permaneció con el aliento suspendido esperando el desenlace final. Unas horas después, Juan Carlos tomó la iniciativa, descalificó el golpe y se hizo c

argo directamente del gobierno. El clarísimo tácito mensaje fue: "¡Tendrán que pasar por encima mío!". Eso fue suficiente. España entera se alineó junto al rey para defender la joven y aún débil democracia. Juan Carlos, el rey demócrata, demostró que no era solo el rey, sino el primer demócrata de España y que la democracia no se construye con soeces cotorreos, sino haciéndola y defendiéndola, aún al precio de la propia vida y el poder.

Es por lo que el atronador, "¡Y tú!, ¿por qué no te callas?", espetado a la cacatúa bolivariana, tiene el irrebatible peso moral de defensa de la democracia sin malformaciones, por quien se la ha jugado por ella, frente a un usurpador y golpista que ni la entiende, ni la respeta.

¡Viva el rey!

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