Comentario

El álbum de los amores

El otro día me cruzé con un compañero de la universidad que no veía desde hace años. Nos abrazamos y empezamos a contarnos nuestros últimos años: hijos, trabajo, viajes y todo lo proprio de semejante situación. Me dijo que se separó de su mujer hace tres años y que sí, que en su matrimonio había tenido muchos problemas, pero que lo que al final le dió el empujón para irse de su casa fue el descubrimiento de Internet. Así de sencillo. Me comentó que una noche se había conectado a un sitio de encuentros y que al cerrar la conexión su vida había cambiado para siempre: en aquellas pocas horas se enteró de que no solamente era posible elegir a una mujer según sus propios deseos (rubia, pequeña, alegre, intelectual o lo que sea), sino que también se podía llegar a conocerla de verdad y llevarsela a la cama, para luego despedirse el día siguiente, porque al final así son las reglas del juego. Entonces había encontrado el valor para dejar a su mujer y había vuelto a vivir en casa de su mamá, dejando casi todo atrás (menos el ordenador, por supuesto).

Por suerte, antes de que me saliera con algún comentario sobre el hecho de que los hombres no dejarán jamás de sorprenderme, se me ocurrió pensar que en este cuento había por lo menos empate entre hombres y mujeres, si consideramos que a cada hombre le contesta mínimo una mujer. Y él me juró que no, no una, sino muchas más son las que provocan y aceptan estas invitaciones, e incluso son las más decididas en pedir que el encuentro no tenga consecuencias de compromiso. Se pueden manejar cuatro o cinco conversaciones al mismo tiempo (según el tamaño de la pantalla) y dar citas para tener bien arreglada  toda la semana. Y si luego la semana siguiente estás cansado, pues no te conectas, o mejor aún, si alguna mujer se hace pesada porque se ha dado cuenta del espectacular hombre que éres, entonces cambias tu nombre de usuario y vuelves a empezar otra vida. Si eres mujer, por supuesto, lo mismo. ¡Vaya progreso en la paridad entre los sexos!

Por la cara de ese señor, me dí cuenta de que había realizado el sueño más segreto de la mayoría de los hombres. A diferencia del álbum de las figuritas, el álbum de los amores es un catálogo de personas reales que corresponden a lo mejor de  nuestro imaginario. De repente hay la impresión de tener un poder muy fuerte sobre la vida misma y lo que se hará con ella, sobre todo en quienes suelen pasar desapercibidos en la vida real. La cual, tarde o temprano,vuelve a tocar el timbre y a pasar cuentas.

La conversación me dejó con pensamientos y dudas. La soledad es un estado miserable y puede llevar a acciones extremas, que no pueden ser juzgadas para quienes no la conocen o la han elegido voluntariamente como su condición de vida. Así que también habrán personas que buscan algo más que una noche de gloria y esperan encontrar a alguien para compartir emociones y vivencias en los años futúros. Pero el ser humano tiene una parte de cabeza, otra de corazón, otra de sentidos, otra de cuerpo. Una persona puede ser sumamente interesante por lo que sabe decir y escribir, por como lo hace, y parecernos muy especial, justo lo que estabamos buscando. Luego la encontramos para tomar un café y no pasa nada a nivel de piel: no sabemos lo qué es, pero hay algo que nos impide acercarnos. Puede ser una corbata demasiado llamativa, las uñas sucias o demasiado maquillaje. Puede ser la nada:  “No me mueve un pelo”, dicen mis amigos argentinos. Lo mismo no pasa si alguien nos llama la atención casualmente,  en un viaje o en una comida, porque de repente una mirada o una sonrisa activan todos nuestros sentidos. A esa cita al café con nuestro amor virtual llegamos muy cargados e ilusionados, pues ya uno parece saberlo todo, que nada podrá sorprendernos (a veces incluso ya vimos la foto de la persona), y convencidos de que sí hay algo muy fuerte que nos une, o sea el alma, la cultura, la cabeza. Y es como si el cuerpo tuviera que adaptarse a todos estos principios muy nobles.

Pues no. Y si no pasa es muy frustrante y nos sentimos culpables. ¿Qué le puedo decir ahora a este desconocido si le escribí páginas y páginas hablándole de lo maravilloso que me hace sentir y asegurandole que no hay nada que cuente para mi como la cercanía de nuestras almas? ¿Cómo podría preguntarle por qué no se ha duchado antes de verme o confesarle que todos mis sentimientos se han estrellado contra el hecho muy superficial de que faltan dos botones en su camisa o reclamarle por haberme enviado una foto de veinte años atrás? Pero hay que aceptarlo: los sentimientos no siempre son reales, es que nos gustaba sentirlos así. Y nuestra piel al final gana sobre la idea que tenemos de nosotros mismos.

Sin embargo  esta  manera virtual de relacionarse podría servir para algo muy importante: hace poco leí de un hombre y una mujer que se encontraron en la red y día a día llegaron a compartir problemas e intimidades de sus matrimonios. Su relación se transformó en algo irrinunciable por la maravillosa capacidad de comprenderse que surgió tan espontánea entre los dos y una intimidad nunca encontrada antes (menos que menos con sus respectivos conyuges).  Después de unos meses decidieron verse y se enteraron de que ya se conocían muy bien, pues eran marido y mujer. La historia terminó en el juzgado, pero hubiera podido tener otro final: por ejemplo, que los dos aprovecharan de lo que habían aprendido juntos para corrigir su rumbo y darles una oportunidad a aquellas personas en que se habían convertido al andar por el mismo camino a cieguas, no siguiendo otra cosa que sus almas.